domingo, 30 de marzo de 2014

FOTOGRAFÍAS ANTIGUAS DE LLERENA, 2ª PARTE


Sin que tengamos referencia de las fechas en que fueron realizadas, ni de sus autores, se adjunta otra serie de fotografías antiguas de Llerena, probablemente correspondiente a la segunda o tercera década del siglo XX. Los originales se localizan en el laboratorio de Arte de  la Universidad de Sevilla, formando parte de su excelente fototeca.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
    Cárcel del Partido
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

viernes, 21 de marzo de 2014

FOTOGRAFÍAS ANTIGUAS DE LLERENA (1896 Y 1927)

Un fotógrafo anónimo es el autor de esta bella estampa de Santa María de la Granada en 1896, dejando entrever parte de la Plaza y una serie de personas en torno a lo que parece ser un vendedor ambulante, quizás un despacho de jeringo.
Treinta  años después (1927), durante la visita del periodista y político Luis Bello a la ciudad (ver publicación en este mismo blog) se hicieron ciertas fotografías que recogen algunos de los rincones de Llerena.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

lunes, 3 de marzo de 2014

EL CARNAVAL DE LLERENA EN 1914






Terminando los carnavales de este año en Llerena, cada uno los habrá vivido a su manera y lo contará según le haya ido. Pero ¿cómo fueron los de hace un siglo? Con seguridad debió ocurrir algo parecido a lo ya indicado. Sobre los de 2014, no he tenido la oportunidad de contrastar ninguna opinión, pero sí del celebrado en 1914, gracias a la crónica del llerenense Pedro Fernández Santos, recogida en el periódico La Región Extremeña (Diario republicano), en su edición del 7 de marzo de dicho año.

Por estas fechas de principios del siglo XX la convivencia ciudadana en Llerena resultaba algo complicada, con un ayuntamiento copado por monárquicos acomodados y una fuerte contestación republicana que no por ello conseguía desbancarlo. Uno de los más críticos republicanos era el Pedro Fernández Santos citado, látigo fustigador del caciquismo imperante, según sus propias palabras, desarrollando sus teorías y principios mediante vidriosos artículos publicados en el diario republicano que solía utilizar como medio de expresión.

Al margen de lo anterior, Pedro Fernández (mancebo en la farmacia del Sr. Vázquez) era un hombre culto y firme defensor de la supervivencia del Teatro Santa Isabel de Llerena, promulgando y disfrutando de las representaciones teatrales, en todas sus variedades, y del incipiente cinematógrafo, para seguidamente redactar con habilidad críticas tolerantes y siempre laudatorias sobre estos eventos, que publicaba para su difusión en su periódico habitual.

Con el ardor que le era habitual, también defendía a ultranza las fiestas populares, como las de agosto, la feria de San Mateo o el carnaval. En este caso, por la fechas del año que nos ocupas, parece oportuno recoger la crónica correspondiente al carnaval de 1914, venido a menos por el escaso interés del ayuntamiento, que no estaba por la labor de fomentar este tipo de fiestas tan propensas a críticas enmascaradas. Otra postura bien distinta sería la predisposición para darle empaque y vistosidad a las fiestas patronales de agosto, por su carácter religioso, o a la feria de septiembre, por el mercantil.

El carnaval de 1914, según redacción de Pedro Fernández Santos, trascurrió así:
 
 
Al parecer, el carnaval de 1913 fue, pese al frio, algo más lucido y celebrado. Lean la crónica de Fernández Santos, también publicada en La Región Extremeña:
 
 
 

viernes, 3 de enero de 2014

LLERENA Y LA CONSTITUCIÓN DE 1812






El 19 de marzo de 1812, en plena Guerra de la Independencia entró en vigor la Constitución de Cádiz, castizamente conocida por el nombre de la Pepa. Precisamente, dos personajes muy vinculados a Llerena participaron en su redacción y consenso; nos referimos al inquisidor Riesgo y al fuentecanteño Casquete de Prado, entonces obispo-prior de la provincia de León de la Orden de Santiago, con sede en Llerena.

Esta Constitución, modélica entre las de su época, implicaba el abandono del absolutismo propio del Antiguo Régimen y daba paso a la modernidad o Nuevo Régimen de gobierno, que básicamente pretendía dejar en manos del pueblo la soberanía nacional y establecer la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial). Sin embargo, por distintas circunstancia, todas lamentables, la vigencia del texto constitucional gaditano fue efímera y discontinua, cuyo reflejo en Llerena pretendemos abordar en las líneas que siguen.


Para ello, dado que no ha quedado recogida la documentación correspondiente en ninguno de los archivos locales, hemos de recurrir a fuentes exógenas, inconexas y discontinuas localizadas en otros archivos y en la prensa de la época.
Como ya hemos tenidos la oportunidad de narrar en la Revista local (Llerena en 1808, y en 1809, 1810, 1811 y 1812, artículos publicados en las ediciones correspondientes a los años referidos), el 19 de marzo de 1812 la ciudad estaba aún ocupada por el ejército invasor, circunstancia que impedía saludar y celebrar adecuadamente la promulgación de la Constitución. En efecto, Llerena estuvo invadida o amenazada por los franceses hasta finales de agosto de 1812, jurando sus autoridades y vecinos la Constitución de 1812 en fechas inmediatas, según fue recogido por el diario el Conciso, en su edición del primero de septiembre de 1812:



La guerra de Liberación o Independencia concluyó a finales de 1813, tras el acuerdo de Valençay (4/12/1813). Pero poco después, por el Decreto de 4 de Mayo de 1814 Fernando VII dio al traste con las aspiraciones constitucionalistas de la mayoría de los españoles de la época, anulando la Constitución de Cádiz y todos los principios democráticos legislados a su amparo. Obviaba así el monarca las innovaciones ilustradas, el ejemplo de la revolución francesa y el sacrificio del pueblo español para recuperarle la corona que indignamente llevó hasta su muerte.

Esta decisión (más bien, golpe de Estado), incomodó a una buena parte de la sociedad española (los constitucionalistas liberales), entrando así en una etapa de guerra civil larvada, con numerosos pronuncionamientos o cuarteladas, siendo la definitiva aquella encabezada por Riego (el del famoso himno) en las Cabezas de San Juan, el primero de enero de 1820, que forzó al monarca a jurar la Constitución de 1812 y a convocar Cortes con arreglo a sus principios.



 
Entendemos que en Llerena, al tratarse de un importante centro administrativo, se viviría con intensidad el sexenio absolutista (1814-1820), con partidarios de uno y otro bando (constitucionalistas y realistas) y las consecuentes divergencias y diferencias entre el vecindario.


En cualquier caso, según noticias recogidas del periódico Miscelánea del Comercio correspondiente al primero de junio de 1820, la nueva adhesión de las autoridades llerenense a la Constitución de 1812 tuvo lugar el 9 de mayo de 1820, según el texto que sigue:
 


 
El segundo período constitucionalista sólo duró tres intensos años (Trienio Liberal). En realidad, cuando Fernando VII juró la Constitución de 1812 en marzo de 1820, tomó esa decisión poco convencido y por la fuerza. Por lo tanto, los constitucionalistas no lo tuvieron fácil, sucumbiendo nuevamente al absolutismo en 1823, una vez que los absolutista europeos, asociados en la Santa Alianza, enviaron a España los cien mil hijos de San Luis, que en pocos días y sin apenas resistencia alcanzaron Cádiz desde los Pirineos, restaurando el absolutismo el primero de octubre de 1823, con las consecuentes represalias a los cabecillas constitucionalistas y liberales. Se entraba así en la denominada década ominosa (1823-33) y última del absolutismo defendido por Fernando VII.

Este ominoso monarca falleció en 1833, justo tres años después del nacimiento de su única hija, después Isabel II, habida con su cuarta esposa y sobrina, Maria Cristina de Nápoles. Desconocemos la paz que llevaría en su muerte, pero tranquilidad no nos dejó ninguna, pues al abolir la Ley Sálica nombró heredera a su hija, en contra de los derechos sucesorios reclamados por su hermano Carlos María Isidro.
En efecto, nada más morir y proclamada reina su hija Isabel de tres años (y, como reina gobernadora en su minoría de edad, su madre María Cristina), se inició la primera guerra carlista, que consumió los escasos recursos de un país tan maltrecho
 
Más por interés que por convicción, María Cristina se alió con los liberales, en detrimento de los regalistas absolutistas, en su mayoría partidarios de Carlos María Isidro. Se apoyó especialmente en el sector liberal más moderado, encabezado por Martínez de la Rosa, promotor personal del Estatuto Real, una peudoconstitución que, por no tener el beneplácito de las Cortes, incomodaba a propios y extraños. Por ello, la presión liberal más radical determinó nuevamente la recuperación de la Constitución de 1812 a raíz del pronunciamiento de los sargentos de la Granja, el 12 de agosto de 1836, mientras que se convocaban las Cortes Constituyentes que elaborasen un texto alternativo al Estatuto Real, naciendo así la Constitución de 1837.

    
                              (Sargentada de la Granja)
 

Pues bien, también la restauración de la Constitución gaditana en 1836 tuvo eco en Llerena, según una comunicación recogida en el Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz, en su edición del 15 de Octubre de 1836.
 
 



En dicho comunicado, las autoridades de Llerena nuevamente se acomodaron a las circunstancias reinantes, saludando otra vez la Constitución de 1812 y dando vivas a la soberana y a su augusta madre, como se refleja en el texto que sigue:



 

Una vez más hemos de lamentar la ausencia de datos sobre la Historia de Llerena en esta turbulenta época, dado el importante hueco documental existente en sus distintos archivos. No obstante, parece oportuno dar testimonio sobre un anónimo llerenense (anónimo por error de imprenta, bien tipográfico, de redacción o de encuadernación) que aparece en el Boletín Oficial de la Provincia de Badajoz, en su edición del 18 de noviembre de 1835.


El anónimo llerenense al que nos referimos debió ser partidario y activo defensor del liberalismo durante el trienio liberal (1820-23), empeñando su persona y bienes en defensa de sus ideales. Erradicada violentamente esta segunda etapa constitucionalista, debió ser represaliado, quedando en la indigencia. Por ello, aprovechando los nuevos aires liberales que parecían respirarse tras la muerte de Fernando VII, se sintió con la fuerza moral suficiente para dirigirse a la reina gobernadora en solicitud de un cargo en la administración que le permitiera vivir con dignidad. Alegaba que había empeñado su hacienda en defensa de los principios liberales, por lo que entendía que era de justicia restituirle con un cargo que le compensara del esfuerzo empleado. Acompañaba a dicha petición numerosos documentos que demostraban lo alegado, por los cuales intuimos que la implantación de la Constitución de 1812 en 1820 debió estar rodeada de ciertos actos violentos en la ciudad. El texto de la petición que nos ocupa es el que sigue:

 
 

 

 

 

 
Y en este punto se corta en el Boletín de referencia el comunicado, impidiendo la identificación del interesado.


martes, 24 de diciembre de 2013

SEMBLANZA DE LLERENA, SEGÚN LA VISITA DEL PERIODISTA LUIS BELLO EN 1927


 

 

Según copiamos literalmente de la Wikipedia, Luis Bello Trompeta (Alba de Tormes, 1872- Madrid, 6 de noviembre de 1935) fue un escritor, periodista y pedagogo español de cierto éxito en el primer tercio del siglo XX.
Abogado en el bufete de José Canalejas, empezó su vocación periodística en 1897 en El Heraldo de Madrid redactando extractos de las sesiones del Congreso. Pasó después a El Imparcial y luego fue redactor de España. Firma la protesta por la concesión del premio Nóbel a José Echegaray. Fundó luego La Crítica y marchó a París como corresponsal. Allí escribió su primer libro, El tributo a París. A su vuelta retoma las colaboraciones en El Imparcial, cuyos Lunes de El Imparcial se encarga de dirigir, y escribe en El Mundo y El Radical. Funda la revista Europa y dirige El Liberal de Bilbao, pasando finalmente a las filas de El Sol, donde realizó la obra por la que fue principalmente conocido: una campaña en pro de la escuela nacional. Durante algunos años viajó por toda España visitando todo tipo de escuelas y conversando con maestros, alumnos, autoridades y hombres de pueblo; sus artículos, resultado de estas visitas, despertaron la admiración y el interés de las gentes por mejorar la enseñanza. El Magisterio español tuvo en él uno de sus más ilustres defensores y la infancia uno de sus primeros protectores. Recopiló luego todos estos artículos en tres volúmenes. El 23 de marzo de 1928, Luis Araquistáin pidió desde las páginas de El Sol un homenaje nacional para el autor y se reunió en una colecta por todo el país más de 100.000 pesetas que se invirtieron en comprarle una casa al escritor.
 
 

Miembro de Acción Republicana, al proclamarse la Segunda República fue elegido diputado para las Cortes Constituyentes por la circunscripción de Madrid por la candidatura republicano-socialista y formó parte de la comisión que redactó el texto constitucional. Presidio también la Comisión del Estatuto para Cataluña. Durante el bienio izquierdista dirigió el diario republicano Luz y siguió colaborando en El Sol. Después de la revolución de octubre de 1934, fue encarcelado junto a Manuel Azaña en Barcelona; ya en libertad fundó el semanario Política convertido más adelante en diario, órgano oficioso de Izquierda Republicana. La muerte le sorprendió en Madrid siendo diputado a Cortes por Lérida.

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Pues bien, en uno de sus viajes por España, Luis Bello visitó Llerena, dejando una impronta de la ciudad recogida en el diario El Sol (Madrid), en su edición del 7 de abril de 1927. Formaba parte este artículo de la columna que el periodista mantenía en el diario citado, bajo el título genérico Visita de Escuela, y con el subtítulo Tradiciones. En él refleja D. Luis las pasadas luces y las entonces sombras de la ciudad, describiendo con admiración sus edificios, casa, murallas, plazas, plazuelas y calles, saludando efusivamente al nuevo edificio escolar en construcción (el actual grupo Suárez Somonte, del que este articulista fue alumno), mientras que por otro lado relata su atraso dieciochesco reflejado en la suciedad de sus calles, donde reinaban las moscas y pululaban los agentes trasmisores del paludismo en los charcos que alimentaban caños y albañales.

Llegó el periodista a Llerena en el tren que desde Córdoba enlazaba en los Rosales con Extremadura , describiendo sucintamente este último tramo del viaje según el texto que sigue, que nos recuerda la pluma de Azorín:  
Fui a Llerena por primera vez al entrar el otoño, y vuelvo en riguroso invierno. Aun tardando algo más, prefiero a cualquier otro itinerario el que nos deja en Extremadura por su frontera sevillana. Ir en el rápido de Andalucía hasta Los Rosales, dos estaciones más abajo de Lora del Río, y allí tomar el tren de Mérida. Nos obliga este plan a luchar con la terrible sirena: Sevilla. Hace falta mucha voluntad para no seguir adelante. Pisamos unos minutos, de tren a tren, esta tierra, que vive ya en plena primavera, y la dejamos para volver otra vez al Norte; es decir, para deshacer el encanto de Despeñaperros y Santa Elena. Nuestro sacrificio tiene un premio: la línea nos lleva hacia Sierra Morena por un país delicioso. Olivos, naranjos, setos de chumberas, en vez de cercas. Los naranjos están en fruto. Los cortijos, rodeados de huerto, con sus dos palmeras, y alguna vez, un gran pino de copa ancha, redonda. El Pedroso, con sus minas ferroviarias. Cazalla de la Sierra, los alambiques hasta la misma estación. A lo lejos, el cerro de Constantina, Alanís, y luego, la miranda de Guadalcanal, por donde sube el tren despacio, como un arquero viejo entre las almenas de su castillo. Ya volvemos a sentirnos otra vez en la altiplanicie, y nos da en la cara el viento de la meseta.
 
Ya en Llerena, rápidamente capta la impronta de la baja Extremadura:
Cuando bajamos en Llerena es indudable que hemos pasado una frontera. El sol, el acento y el blanco rabioso de las paredes encaladas podrán desorientarnos; sin embargo, todo esto tiene el carácter propio y genuino de la Extremadura Baja, fronteriza de Andalucía; pero también de Portugal. Para comprenderlo conviene venir por Los Rosales unas veces, y otras, dar la vuelta de Olivenza por Fregenal y Zafra. Es Extremadura, y ahora veremos que, por alguno de sus rasgos, lo más personal y lo más fuerte de Extremadura.
 
Sigue el artículista, ahora centrándose en su principal inquietud: la enseñanza pública de la localidad, sus deficiencias y la necesidad de mejorarla:
Nuestro viaje de escuelas acabará aquí pronto. Había muy pocas -cuatro de niños para 5.500 habitantes- y tan malas, que fue preciso llevarlas todas al Ayuntamiento, donde viven en precario, mal instaladas, molestando y sufriendo molestias del Concejo. Hace cuatro años se acordó construir grupos escolares, y las obras están ya casi acabadas. Sólo elogios merece Llerena, por consiguiente. Pero puestos en la plaza grande de Llerena, no creo que haya nadie capaz de contentarse con ver escuelas.
 
En efecto, como señala en el último párrafo, la ciudad merecía una detenida visita, para lo cual se haría acompañar de las personas adecuadas, recreándose en ella:
Al recorrer la ciudad en busca del nuevo edificio (el de las escuelas en construcción), nos sorprenden, como un descubrimiento, las calles estrechas y las casas blancas, sencilla y graciosamente ornamentadas con un estilo que parece haberse detenido en lo mejor del siglo XVIII. ¿No se habrá parado también Llerena, como su arquitectura? ¿No será útil decirle sinceramente cuáles son aquí las impresiones más hondas de un viajero español que no es el turista? Descontamos la magia de la luz sobre la cal, así como la gracia de todas sus líneas. No hay casas feas, desproporcionadas o inarmónicas en Llerena. Por esa calle de las Almas -o de las Armas-, por las plazuelas viejas del Pasquín, de la Fuente Pellejera, del Toledillo, del Peso, de los Ajos, que hoy se llaman como Dios quiere, nos cegará el sol si llegamos en los meses cálidos. Relumbrarán hierros, tejas y piedras, como en Cádiz.
 
La atención prestada por el periodista a calles, plazas y edificios, no le impide captar lo más retrógrado de la ciudad: la suciedad, que le daba aire y perfumen propio de los siglos XVII y XVIII. Así:
Sin embargo, nadie nos quitará una sensación de desconfianza y una tentación de ponernos en guardia. ¿Contra qué? Contra la ruina interna de una ciudad que no se defiende. En ninguna otra parte del mundo -ni siquiera en Ohiclana- verá el viajero tantas moscas como en Llerena. Donde el pavimento es de losas o de guijarros, queda estancada en el arroyo el agua de lavadero o del albañal. Donde no hay esa armadura, el suelo, blando, se embarra como un camino. Y las moscas triunfan. Respete usted -me dicen- todo el carácter de las viejas ciudades históricas. Importa poco un detalle de urbanización cuando vamos buscando los tesoros del arte y de esa manera de vivir local con arreglo a sabias normas tradicionales. Pero Llerena puede ser fácilmente una de las ciudades más hermosas de España. Situada en la ruta de Sevilla a Mérida, detendría el paso del viajero. Y algo más importante aún: se podría vivir en ella suprimiendo las fiebres palúdicas. Yo no creo que en el gran siglo de Llerena -el siglo XVII- estuviera tan descuidada como hoy; pero si tal es, en efecto, la tradición, debe rechazarla por medio de una pequeña revolución municipal.

 


Recabó también don Luis información sobre las circunstancias socioeconómicas de Llerena, quejándose sus interlocutores del escaso desarrollo y actividad económica de la ciudad, que chocaba con el progreso observado en Azuaga en las últimas décadas, pueblo con el que se mantenía una infundamentada rivalidad histórica (en algún momento habrá que explicar sus orígenes), que no cesa, como si fuese imprescindible la ruina de uno de estos pueblos para tranquilizar al otro. Textualmente:
También va unido históricamente a Llerena el recuerdo de la Inquisición, y, sin embargo, ya no queman a nadie en las Peñas del Obispo. La ciudad no progresa. Escasamente ha ganado en un siglo millar y medio de habitantes, y hoy Azuaga, pueblo de menos historia, cubre tres veces la población de Llerena. Con fiebres palúdicas y con Inquisición, acaso le pareciera más interesante al turista. Completaban esos dos elementos estéticos la emoción melancólica de las murallas rotas, en cuyos escarpes, socavados, cobíjanse pobres viviendas con una huertecita como un pañuelo al pie. Así tendría más valor la silueta moruna del hospitalillo o de la ermita del Arrabal. Ahora paseamos por estas calles quietas sin esperanza de encontrarnos con uno de los más violentos espectáculos que han podido conmover el corazón de un hombre. Pasaremos el jardinillo, casi abandonado. Por una, plazoleta llana saldremos a la calle deI Cristo. Allí está el templete donde se guarece, bajo el palio de un extraño tejadillo barroco, la cruz más imponente, la cruz más siniestra que ha podido alzar la piedad de un pueblo.
 
Deja don Luis para el final la imprescindible, tópica y recurrente referencia a la Inquisición, evocando lúgubres escenas de judaizantes quemados (también habrá que situar en su verdadera dimensión este asunto) y de misteriosos alumbrados (en realidad, sólo el fruto del dudoso equilibrio mental de fray Alonso de la Fuente, quedando reducido el alumbradismo y los alumbradistas a una pandilla de clérigos inconexos y disconforme con la dureza del celibato, en connivencia con cierto perfil de mujeres, en su mayoría asociadas en prostíbulos, a las que no hacía falta alumbrar). En efecto, por lo que hemos podido averiguar consultando los archivos llerenenses, especialmente los de Protocolos Notariales, tanto como en la defensa de la ortodoxia vigente,  el tribunal local se preocupaba de su hacienda o fisco, embargando y secuestrando bienes por simples delaciones, prestando dinero a censo y constituyendo un patrimonio de extraordinaria magnitud. En cualquier caso, así concluye este viajero periodista su crónica sobre Llerena, seguramente con el asesoramiento de Vidarte, pues este llerenense también recoge el texto que sigue en su libro No queríamos al Rey:


Reconstruimos la escena. Vemos a la multitud inquieta, presa de sus dos fiebres, esperando. Primero han salido por la calle de Santiago los regidores perpetuos de Llerena, sus alguaciles, sus maceros, con ropa de damasco y terciopelo carmesí, mazas de plata, todos en sus cabalgaduras, hasta detenerse en la plaza a la puerta del Santo Tribunal. Salen los tres inquisidores en sus mulas negras con gualdrapas y tocadores de terciopelo negro. Todos a caballo, siguiendo el orden que por su antigüedad les corresponde, dan dos vueltas por la plazuela de la Inquisición, y por la calle de Santiago y calle de las Armas enfilan en la plaza, donde tienen ya dispuesto el tablado, bajo un dosel, cinco sillas de terciopelo carmesí y a los pies cinco almohadones de lo mismo. Allí tomarán asiento con el gobernador -que en 26 de abril de1552 era D. Pedro Antonio Ponce de León, y estarán sentados todo el día, asistiendo a la celebración del auto. Luego, por ese mismo camino, los relaxados al brazo secular vendrán montados en jumentos. Con ellos, el alcalde mayor, D. Alonso Gómez, entre sus alguaciles, y todos llegarán al sitio donde se ha de ejecutar el castigo. (Así lo vemos, tal como lo describen documentos del archivo de Llerena que ha copiado para mí un maestro, pero que ya usó D. Nicolás Díaz y Pérez.) No aquí se les quemaba, sino en las Peñas del Obispo. Pero esa cruz indica algo. La Inquisición levantó sus hogueras en la plaza, previniendo el pueblo la leña y llenando, según sus categorías, balcones, ventanas y arcos al pie de la Giraldilla de Santa María de la Granada. Luego las llevó a la salida del pueblo, donde hoy vemos el Cristo, y más tarde, a las Peñas. Todo era preciso para atajar la peligrosa secta de los alumbrados de Llerena.

 

jueves, 19 de diciembre de 2013

LLERENA EN 1882: AYUNTAMIENTO, OFICIALES DE LA ADMINISTRACIÓN, PROFESIONALES, COMERCIANTES E INDUSTRIALES LOCALES

 
 
Datos tomados de Anuario del Comercio, la Industria, la Magistratura y la Administración
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, 21 de septiembre de 2013

LLERENA Y EL CONVENTUAL DE SAN MARCOS DE LEÓN


                    Convento de San Marcos de León

Art. publicado en la Revista de Fiestas, Llerena, 2013
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La jurisdicción religiosa en los territorios santiaguistas correspondía a esta institución, quedando dividido su señorío en dos provin­cias eclesiás­ti­cas o prioratos: el de Uclés, para la atención religiosa de los vasallos incluidos en los pueblos que la institución poseía en el antiguo reino de Casti­lla, y el de San Marcos de León, como cabecera espiritual de los incluidos en el antiguo reino de León, es decir, en la denominada Provincia de León de la Orden de Santiago.

Los prioratos eran como diócesis con jurisdic­ción propia y exenta de la autoridad de cual­quier obispo. Sus priores, por delegación de de la santa sede y los maes­tres, ostentaban la máxima autoridad religio­sa en cada provincia, donde actuaban como auténti­cos prela­dos: usaban mitra, bácu­lo, anillo y otros distinti­vos pontifica­les, aparte de tener  facultad para conferir órdenes menores, conce­der indulgen­cias, convocar sínodos y proponer y remover benefi­cios curados.

La adminis­tración religiosa santiaguista fue evolucionando con el paso del tiempo, como respuesta a las circunstancias que se iban presentando, surgiendo múltiples problemas jurisdiccionales en su seno[1]. Inicial­mente el priorato de San Marcos de León quedó dividido en vica­rías, al frente de las cuales estaban los vicarios. Una de ellas fue la de Ntra. Sra. de Tudía y Reina, a cuya juris­dic­ción en primera instancia pertenecía el clero de esta zona más meridional de la Provincia de León. Poste­riormen­te, refiriéndonos siempre a la Provincia de León de la Orden de Santiago, a finales del XVI aparecieron los proviso­ra­tos de Llerena y Mérida, coexistiendo con las vicarías de Santa María de Tudía y Reina (con sede en Calera y Segura de León), Be­na­me­jí (Córdo­ba), Barrueco Pardo y Santiespíritu (Salaman­ca), Pastrana y Porto (León), Villalba (Zamora), Estepa y Villanueva del Ariscal (Sevilla), Villar de Donas (Lugo) y Villar de Santos (Oren­se).

La sede oficial del priorato de la Provincia de León de la Orden de Santiago se localizaba, como indicamos, en el convento de San Marcos de León, en las proximi­dades de dicha ciudad; es decir, muy lejos del grueso del territorio administrado, la mayor parte concentrado en la actual provincia de Badajoz. Por ello, lo normal era encontrar­ a los priores por esta zona extremeña, bien el Mérida, en Llerena o en la Puebla del Prior, una pequeña villa donde tenían importantes intereses econó­micos.

        Aunque en los inicios de la Orden de Santiago hemos de considerar como normal el asentamiento del convento mayor de San Marcos en el entorno de la ciudad de León, porque allí se encontraba concentrado entonces los territorios santiaguistas antes de la Reconquista de la actual Extremadura, después también hemos de admitir como lógico el interés de las villas santiaguistas extremeñas por su traslado a estas tierras.

        Así lo entendió Alonso de Cárdenas, cuado tanteó la posibilidad de trasladar a Extremadura ciertos conventos santiaguistas, entre ellos el conventual mayor masculino de San Marcos de León que nos ocupa[2], teniendo el citado maestre la intención de asentarlo en la villa de Guadalcanal[3]. Sin embargo, cuando a la muerte de Cárdenas los Reyes Católicos asumieron la administración de la Orden de Santiago (1493), se paralizó el proyecto, limitándose estos monarcas a fundar un nuevo convento de monjas santiaguistas en la recién conquistada ciudad de Granada y a trasladar el conventual femenino de Santa Eufemia de Cozuelos (Palencia) al nuevo convento de Santa Fe de Toledo[4].

        Por fin, en el Capítulo General que nuestra Orden celebró entre 1560 y 1562 (Toledo-Madrid) decidieron trasladar el convento mayor de clérigos santiaguistas de San Marcos a Extremadura, tras la correspondiente bula papal (que no se promulgó hasta 1566), rompiendo con su ancestral y primigenio asentamiento en la ciudad de León.  Esta decisión fue aplaudida por las villas santiaguistas y extremeñas, pero contestada por las máximas autoridades de la ciudad de León y su entorno jurisdiccional y administrativo, que a pesar de todo no pudieron evitarlo. En efecto, en 1564 ya estaban los clérigos santiaguistas de San Marcos en el recién construido conventual de la villa de Calera. Por entonces Calera era una villa de escaso vecindario y recursos agropecuarios, adscrita a la encomienda mayor y situada en el confín más meridional de la Extremadura leonesa, dentro de la denominada Provincia de León de la Orden de Santiago, circunscripción donde la villa de Llerena ocupaba su centro gubernativo y administrativo en lo temporal.

        Para justificar el traslado se argumentó la escasa habitabilidad del edificio leonés, en obras de remodelación desde 1515, así como otras cuestiones monetarias, concretamente lo costoso que resultaba mantenerlo con dignidad y el añadido que suponía lo que quedaba por reconstruir, máxime cuando ya para aquella fechas, en la vicaría de Tudía ay una casa razonable que se abía fundado para estudios de religiosos, mientras se determina el lugar más conveniente de la provincia[5], refiriéndose al recién construido conventual de la villa de la Calera. Al parecer, según se especifica textualmente, aunque se pretendía su instalación definitiva en la Provincia de León de la Orden de Santiago en Extremadura, no se concretaba en qué asentamiento, postulándose Llerena y Mérida para albergar definitivamente al conventual y a la sede prioral.

        Pues bien, teniendo en cuenta que el edificio leonés no ofrecía el aspecto de deterioro ni de incomodidad que se argumentaba, que así lo estiman y demuestran con sus investigaciones Campos Sánchez-Bordona y Oricheta García[6], serían cuestiones de orden práctico las que animarían al Consejo de Órdenes a trasladarlo a Extremadura, precisamente la región donde se concentraba la mayor parte del territorio santiaguista del antiguo reino de León y las rentas de vasallaje que sostenían a la institución en esta demarcación.

        Según acontecimientos posteriores, el asentamiento del convento en Calera fue provisional, mientras se construían nuevas dependencias en Mérida. Así, ya en 1573 Felipe II, mediante Provisión Real, determinó su traslado a dicha localidad, siempre que esta villa efectuara el ofrecimiento de comodidades precisas[7], es decir, que hiciera una buena oferta para su asentamiento, como lo hizo[8].

        Siguiendo también a las autoras citadas, Mérida, como cabecera de la encomienda más rica del territorio extremeño, ofrecía mejor acomodo que Llerena. Sin desestimar esta opinión, y también sin la referencia documental oportuna, desde aquí intuimos que Felipe II pudo haber hecho el mismo ofrecimiento a Llerena, pues este monarca, pedigüeño por naturaleza y con su Real Hacienda en bancarrota, no daba puntada sin hilo. Al menos, sabemos a ciencia cierta que el concejo de Llerena se ofreció y postuló en varias ocasiones para albergar el conventual.

        La primera de ellas corresponde a 1561, en pleno Capítulo General de Toledo-Madrid, cuando ya se conocía la intención del Consejo de las Órdenes de trasladar la sede prioral a Extremadura, aunque sin precisar el lugar exacto de su ubicación. De ello nos ha quedado constancia en el Archivo Municipal de Azuaga, concretamente en el Libro de Actas de 1561, sesión del 21 de febrero[9], en la que los capitulares azuagueños recibieron a Juan de Palencia, vecino y regidor de la villa de Llerena. Se presentó el regidor llerenense como comisionado por su cabildo, con el poder correspondiente y una propuesta que el escribano azuagueños tuvo a bien incluir en el acta, después de escucharla. Por este testimonio sabemos que Juan de Palencia puso en conocimiento de los oficiales azuagueños que el cabildo llerenense le había encomendado visitar todos los pueblos del partido para comunicarles que S.M. y el Consejo de Órdenes habían tomado la decisión de trasladar el convento de San Marcos desde la ciudad de León a Extremadura, advirtiéndoles que sería de gran utilidad y provecho para todas las villas de la comarca que dicho convento se ubicara en Llerena, como pueblo de mejor asiento. Por ello, en la villa maestral estimaban conveniente que los concejos de su entorno elevaran memoriales a S.M. reclamando la ubicación del conventual en Llerena, cuyo concejo se haría cargo de todos los gastos que fuesen precisos. Advertía que si el convento pasaba a Mérida, sería en beneficio de dicha ciudad y en perjuicio de Llerena y pueblos de su entorno, pues el prior y su juzgado se trasladarían a dicha población, así como el gobernador y su audiencia, con las costas adicionales que la distancia implicaría entre el vecindario del partido.

        En principio, como ya hemos adelantado, el convento se instaló en la villa de Calera. Más adelante, teniendo en cuenta la ubicación tan descentrada de esta villa respecto al resto del territorio santiaguista en Extremadura, así como lo reducido del conventual, Felipe II propuso su traslado a Mérida, aunque, como antes indicamos, no debemos descartar que también se lo hubiese propuesto a Llerena. En cualquier caso, tenemos constancia de que nuevamente se postuló Llerena para albergarlo en 1568, que así se lo hizo saber su cabildo a Felipe II, ofreciendo para la obra del convento el solar y 300.000 ladrillos en 6 años, a razón de 50.000 cada año. Añadían que los ladrillos serían de calidad y buen barro, bien labrados, cocidos y cortados según el marco establecido por las ordenanzas municipales. Es más, estimando que S.M. aceptaría la propuesta, el cabildo llerenense convocó un concurso público para la elaboración de dichos ladrillos, presentándose numerosas ofertas de vecinos de Llerena y su entorno, como la que se refleja en el texto que sigue:
En la villa de Llerena (28/04/1568), en presencia del escribano (…) pareció Bernal Díaz, vecino desta villa de Llerena, y dijo que por quanto el concejo, justicia y regimiento desta villa de Llerena ha suplicado a S. M. le haga merced de trasladar el convento de San Marcos de León que agora reside en la Calera a esta villa de Llerena, y para ello el dicho concejo se ofreció a dar cantidad de ladrillos para dicha obra, como se contiene en el documento y escritura que sobre ello ay…[10]

          Felipe II desestimó la oferta de Llerena, bien por ser menos atractivas que la de Mérida o porque ya tuviese decidida su ubicación en esta ciudad, repartiendo las cuestiones administrativas de la Orden entre los dos concejos extremeños más significados: la administración de los asuntos temporales seguiría ubicada en Llerena (tesorerías de los servicios reales y de la mesa maestral), mientras que la de los asuntos espirituales los situaba ahora en Mérida. Siguiendo estas decisiones, en 1580 ya estaban asentados el prior y los clérigos santiaguistas en esta última ciudad, donde permanecieron sólo hasta 1604.

        Por lo tanto, la designación de Mérida como sede prioral también fue efímera, pues ya en 1598 se oyeron las primeras voces reclamando desde la ciudad de León el retorno del conventual, alegando el excelente estado del remozado convento de San Marcos. Y ahora se interesaban, aparte los estamentos más privilegiados de esta ciudad leonesa, el valido y otros nobles de la corte de Felipe III, personajes y entidades de mucha influenza, que definitivamente consiguieron su objetivo durante el Capítulo General de 1600, de tal manera que a finales de 1604 nuevamente estaban los clérigos santiaguista, sus archivos y bienes muebles en León, en el remozado conventual de San Marcos.

        Naturalmente, el retorno a León contó con la oposición de las villas extremeñas, que durante años no dejaron de revindicar el asentamiento del conventual en su territorio. Así, en una sesión capitular correspondiente al mes de mayo de 1619, los oficiales azuagueños, conociendo de la presencia de S.M. en la ciudad de Mérida, acordaron enviar a uno de sus capitulares con la finalidad de besarle la mano en nombre de la villa y aprovechar la ocasión para suplicarle que el convento retornase a tierras extremeñas. Entendían que su proximidad convenía a los intereses de Azuaga y otras villas de su entorno santiaguista, especialmente teniendo en cuenta la gran distancia y costosas dietas que por desplazamiento a la ciudad de León habría que hacer cuando fuese necesario arreglar asuntos tocantes a la jurisdicción religiosa[11].

        Como es conocido, el conventual permaneció en León hasta la extinción de la jurisdicción religiosa de Orden de Santiago en 1874. También como es conocido, nunca llegó a instalarse en Llerena. De haber sido así, hubiese tenido una extraordinaria repercusión económica y artística en la ciudad, embelleciéndola aún más.




[1] Véase LÓPEZ FERNÁNDEZ, M. “Fuente de Cantos y su entorno santiaguista. La Vicaría de Tudía (Siglos XIII-XVI), en Actas de las XII Jornadas de Historia, Fuente de Cantos, 2012.
[2] Existían conventos femeninos santiaguistas importantes en Santa Eufemia de Cozuelos (Palencia), en Valladolid o en Salamanca. Igualmente existían otros conventos masculinos, como el de Sevilla o el de Córdoba, reservando la categoría de convento mayor masculino para el de San Marcos, sede oficial del prior de la Provincia de León de la Orden de Santiago.
[3] Probablemente por el apoyo de los guadalcanalenses a Cárdenas en su lucha por alcanzar la dignidad maestral, pues con su concurso derrotó en Guadalcanal y puso en fuga al duque de Medinasidonia, su principal oponente al maestrazgo. Así lo cuentan Juan de la Parra y Pedro de Orozco, biógrafos de Alonso de Cárdenas, y lo recoge ANTONIO VARGAS ZÚÑIGA (Don Alonso de Cárdenas, último maestre de la Orden de Santiago…,  Badajoz, 1976).
[4] MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “Historia, usos y aprovechamientos de la dehesa de San Martín (Valencia de las Torres)”, en Actas de las IV Jornadas de Historia, Valencia de las Torres, 2010.
[5] CAMPO SÁNCHEZ-BORDONA, Mª. D. y ORICHETA GARCÍA, A. “Implicaciones artística de una decisión del Consejo de Órdenes. El traslado del convento de San Marcos de León a Extremadura (1560-1604)”, en Norva-Arte XVI (1996) /83-101. Nos remiten las autoras citadas al AHN, Sec. OO. MM., leg. 7016.
[6] Ibídem.
[7] Ibídem.
[8] En efecto, según recogen las citadas autoras, en Mérida pusieron a disposición del convento ciertos solares para edificar, huertas, arboledas, tres mil acres de yerbas con sus baldíos, y un millar a donde dizen la linde gorda…, AHN, Sec. OO. MM, Archivo Judicial de Toledo, nº 59.879.
[9] Archivo Municipal de Azuaga, Sec. AA. CC., lib. de 1561 (21/02/1561), leg. 1, fol. 7, fot. 23 de la edición digital.

[10] MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “Expolios en los archivos históricos de Llerena”, en Revista de Feria y Fiestas, Llerena, 2007.

[11] AMA, Sec. AA. CC., leg. 5, lib. de 1619, fol. s/n, fot. 26 de la edición digital.