sábado, 24 de enero de 2015

LLERENA Y FELIPE V


                                                                         Felipe V

El primero de noviembre de 1700 murió Carlos II. Falleció sin sucesión, circunstancia ya prevista entre las chancillerías europeas, que llevaban varios años negociando sobre el posible sucesor de la monarquía hispánica, con miras a mantener los equilibrios hegemónicos del continente. Sin embargo, al reclamar los derechos sucesorios los Borbón franceses y los Austria del imperio Austro-Húngaro, la guerra de Sucesión (1700-1714) fue inevitable, recayendo al final la corona en poder de Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, el rey Sol. Pero el otro aspirante, el archiduque Carlos de Austria, y sus coaligados (holandeses, ingleses y portugueses), no quedaron con las manos vacías, repartiéndose un buen botín a costa de los intereses franceses y españoles, tras el célebre y recurrente tratado de Utrecht (julio de 1713), aquel que, entre otros acuerdos, determinó que Gibraltar pasase a Inglaterra.

Los llerenenses de la época fueron mudos y sufridos testigos de los hechos relacionados, alineándose con los intereses del Borbón sin que para ello fuesen consultados; simplemente siguieron las disposiciones de las autoridades del partido, que a su vez quedaron condicionada por las del Consejo de Castilla. Así, durante el cabildo celebrado el 3 de marzo de 1701 (AMLL, Sec. AA.CC., lib. de 1701, fol. 33 vto., fotograma número 70 de la edición digital) don Diego Gaspar Daza Maldonado, el gobernador de turno, sin ninguna duda o reserva, comunicó oficialmente la noticia de la llegada de Felipe V a España, nominándole como “Ntro. Rey y Sr. natural”. Acto seguido, el cabildo tomó el acuerdo de celebrar la noticia con repiques de campanas, animando al vecindario, como sus más fieles y leales vasallos, a poner luminarias y luces en calles y ventanas durante la noche de los siguientes días.

Un año después (ídem, sesión del 3 de febrero de 1702, fol. 160 vto., fot. 14) confirmando ahora la incuestionable adhesión de Llerena a la causa borbónica, el cabildo colaboró pecuniariamente en la boda del monarca aportando 215.228 mrs. de los 150.000.000 que mediante Real Provisión pidió Felipe V al reino para sufragar los gastos de su casamiento con María Luisa de Saboya. En realidad, la petición del monarca iba dirigida a todo el reino, entre ellos los pueblos del partido de la gobernación de Llerena, cuyo gobernador distribuyó el montante asignado al partido entre los pueblos de su jurisdicción, según la relación que sigue: La ciudad de Llerena, 215.228 mrs.; la villa de las Casas de Reyna, 15.271; la del Arrabal (de Reyna), 18.638; Trassierra, 18.787; Fuente del Arco, 26.807; Guadalcanal, 109.096; Valverde, 25.270; Ayllones, 34.169; Verlanga, 60.537; Azuaga, 120.434; Granxa, 50.539; Campillo, 43.727; Retamal, 25.544; Oliba, 41.750; Palomas, 21.974; Puebla de la Reyna, 21.424; Hornachos, 115.799; Llera, 24.060; Valencia de las Torres, 48.671; Vienvenida, 38.347; Calzadilla, 45.923; y Fuente de Cantos, 83.444 (A. M. Guadalcanal, Sec. AA.CC., leg. 132, lib. de 1702).


                                                                
En cualquier caso, esta ayuda, ya institucionalizada en otros casamientos por anteriores monarcas, resultaba poco gravosa comparada con el esfuerzo en personas, avituallamientos y dinero que supuso la guerra para mantener a Felipe V en el trono, monarca que, por otra parte, era nieto de Luis XIV de Francia, el rey Sol, encarnecido enemigo y auténtico depredador de los intereses de la monarquía hispánica durante el último tercio del XVII. En efecto, nada más iniciada la guerra, desde instancias militares se ordenó la formación en el partido de una compañía de soldados de caballería, a la que colaboró Llerena aportando 40 soldados pagados, vestidos y pertrechados adecuadamente, manteniéndolos en esta situación hasta el final de la contienda en 1714. Al margen de este esfuerzo, numerosos vecinos de Llerena partieron hacia Jerez de los Caballeros a reconstruir sus murallas, desbastadas en 1707 por los portugueses afines al archiduque Carlos, circunstancia que, por otra parte, sirvió de aviso a los oficiales concejiles de Llerena, que tomaron la precaución de reparar las murallas de la ciudad ante la eventualidad de un ataque desde Portugal por parte de la coalición anglo-holandesa-portuguesa, afín a los intereses del archiduque Carlos (ídem, lib. de 1706, fot. 167).

En plena guerra, de la que no tenemos noticias que afectara directamente a Llerena más allá de la aportación de bienes humanos y materiales descritos, en 1707 nació el primer vástago varón de la nueva dinastía. El hecho no pasó desapercibido en el contexto nacional pues, precisamente, la guerra en la que nos encontrábamos involucrados derivaba de la ausencia de descendencia del anterior monarca, Carlos II. Por esta circunstancia, la noticia “sobre el preñado de la Reyna, Ntra. Sra.” (María Luisa de Saboya) se celebró efusivamente en Llerena, siguiendo directrices de la presidencia del Consejo de Castilla. Así, en la sesión capitular de 10 de febrero de 1707 (ídem, fol. 168 vto., fot. 37), el cabildo concejil acordó invitar al clero local para rogar a Dios por intercesión de su divina Madre, Santa María de la Granada, en pro del feliz desenlace del embarazo de la reina, aparte de festejar la noticia con repiques de campana y manifestaciones populares de alegría en forma de luminarias.

El 25 de agosto inmediato, la reina dio a luz a un varón, al que bautizaron como Luis. La noticia sobre el feliz parto llegó a Llerena mediante carta-orden del comisario general del ejército de Extremadura, mandando al cabildo concejil que “la ziudad se regocige y zelebre como el más venturoso consuelo de la monarquía”, como así fue acordado en el cabildo celebrado el 30 de agosto inmediato (ídem, fot. 132), invitando los capitulares en este regocijo al obispo-prior y al resto del clero local a participar en la misa cantada de acción de gracias, el Te Deum y el Laudamus anunciado para el día siguiente, aparte de festejarlo con repiques de campanas, luminarias y fuegos durante tres noches seguidas, animadas con máscaras y mojigangas. Igualmente, con la finalidad de darle mayor realce, anunciaron una corrida de toros para el 7 de septiembre inmediato, en la que se lidiarían 8 toros, librando para tal efecto, aparte los gastos precisos (barreras, contratos de lidiadores, etc., de los que no hicieron mención) 1.300 reales para el convite de autoridades.

Felipe V, que reinó algo más de 45 años, era de naturaleza melancólica y depresiva. Probablemente, este carácter sería el que le animó a abdicar el 6 de enero de 1724 en favor de su primogénito, el entonces jovencísimo (17 años) príncipe Luis, que pasó a reinar bajo el nombre de Luis I de España. Naturalmente, la noticia de la abdicación de Felipe V tuvo eco en Llerena, ciudad cabecera de un extenso partido. En efecto, en la sesión capitular correspondiente al 23 de febrero del citado año (ídem, fot. 17), tomó la palabra el gobernador para notificar oficialmente la abdicación de rey en su hijo, acordando el cabildo celebrar el domingo 5 de marzo siguiente una misa cantada a modo de rogativa por el feliz reinado de Luis I, festejándolo con tres noches de luminarias, repiques de campanas y de reloj. Igualmente, acordaron hacer partícipe a las comunidades de eclesiásticos de la ciudad, a los religiosos y, por supuesto, al Santo Tribunal, mandando las correspondientes embajadas de invitación y liberando para tales festejos 2.000 reales. Más adelante, reconociendo lo escueto de las celebraciones, en el cabildo del 6 de marzo inmediato (ídem, fot. 23) acordaron festejar la entronización de Luis I con fiestas de toros, mojigangas y otros festejos.


                                                                            Luis I
Sin embargo, pocos meses después, concretamente el 31 de agosto siguiente, falleció Luis I a causa de la viruela. Por ello,  el 15 de septiembre, durante la celebración de una sesión capitular (ídem, fot. 91), los oficiales concejiles acordaron celebrar las correspondientes honras fúnebres, siguiendo los usos y costumbres. Para ello, con el protocolo estipulado, se mandó recado de invitación a las distintas comunidades de religiosos y al Tribunal, además de convenir los lutos correspondientes, para lo cual, y con cargo a las arcas concejiles, se asignaron 6 varas de paño fino negro de Segovia al gobernador y otras tantas para el alcalde mayor, el alguacil mayor, el contador y escribanos, así como para cada uno de los 13 regidores perpetuos en ejercicicio. Igualmente, se asignaron 3 varas de la misma calidad al fiscal, 7 varas de bayeta para el capellán y 3 de paño negro de Cabeza del Buey para los porteros.


Tras la muerte de Luis I, se vio forzado Felipe V a asumir nuevamente la corona de la monarquía hispánica, llevándola como pudo hasta su muerte en 1746. Le sucedió el cuarto hijo varón habido en su primer matrimonio, que reinó con el nombre de Fernando VI. A este último, que murió en 1759 sin descendencia, le sucedió su hermanastro Carlos III, el primogénito en el segundo matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio.

        Por lo demás, durante el reinado de Felipe V Llerena fue testigo de otros muchos asuntos importantes. En primer lugar, hemos de resaltar nuevamente su incuestionable adhesión a la causa borbónica y los sacrificios humanos y materiales empleados en su defensa durante la Guerra de Sucesión, que continuaron durante el resto del reinado de este monarca prestado que, a pesar de todo, mejoró con su política lo ya conocido del XVII.

En lo que se refiere a la administración municipal, persistían en la ciudad las circunstancias heredadas del XVII, con un cabildo concejil presidido por el gobernador provincial de turno y constituido por el poderoso e influyente regimiento perpetuo, que gobernaba el concejo siguiendo lo dispuesto en las Leyes Capitulares santiaguistas y las nuevas Ordenanzas Municipales sancionadas por Felipe V en 1708.

La hacienda concejil seguía fuertemente endeudada, con la totalidad de las tierras concejiles y arbitrios hipotecados o embargados.

En el ámbito artístico, destacar la construcción del Camarín de la Virgen a principios del XVIII, la inauguración en 1715 de la Iglesia de los jesuitas ubicada en la plazuela de los Ajos y el inicio de la construcción del cuerpo central de la actual parroquia de la Granada.

En el ámbito cultural, subrayamos la labor educativa del colegio de los jesuitas, entre cuyos alumnos más aventajados destacaría José de Hermosilla Sandoval y Roxas, nacido en Llerena, justamente hace 300 años.

Dentro del anecdotario, los llerenenses de la época fueron testigos del traslado de la corte desde Madrid a Sevilla, donde permaneció entre 1729 y 1733. Especialmente vivieron con expectación y cierta incomodidad el verano de 1730, cuando la familia real decidió veranear en la vecina localidad de Cazalla de la Sierra. De esta circunstancia han quedado puntuales noticias en las actas capitulares de Azuaga, Guadalcanal, Llerena y otros pueblos de su partido histórico.

En efecto, a primero de junio de 1730, Felipe V tomó la decisión de pasar el verano inmediato en la villa de Cazalla de la Sierra. La intención del monarca, seguramente en horas bajas de su crónica melancolía, sería la de disfrutar del extraordinario clima veraniego de Cazalla y de sus famosos cazaderos. Inmediatamente, por orden de don José Patiño, el cortesano más influyente de entonces, se tomaron las medidas precisas para que la villa acogiese con la mayor comodidad posible al monarca, a su familia y al numeroso séquito que le acompañaba.


El fuentearqueño Francisco Manuel Bueno Pablos, en la Revista la Jayona, edición del verano de 2010, nos proporciona la mejor referencia que hemos localizado sobre la estancia de Felipe V y su corte en Cazalla, recogiendo la información textual que uno de los curas parroquianos tuvo a bien dejar recogida esta información en el Libro de Bautismo del año en curso (A.P. de Cazalla de la Sierra, libro 23, folio 38):

 En trece días del mes de junio de 1730 años, día del señor San Antonio de Padua, a prima noche, entraron en la villa de Cazalla nuestro Señor Rey Don Felipe V y la Reyna nuestra señora Doña Isabel Farnesio, Dios guarde; el Príncipe Don Fernando y la Princesa Infanta de Portugal, su mujer, con los señores Infantes don Carlos, don Felipe y don Luis; las Sras. Infantas doña María Teresa y doña María Fernanda, con todo su familiar. Los Reyes se aposentaron en las casas de don Pedro Forero de Guzmán, frente a la fuente del Concejo; el Príncipe y Princesa, en las casas de don Tomas de Guzmán, calle de Judería; el Infantes don Carlos, en las casas de doña Felipa Forero, calle de Mesones; don Felipe, en las casas de don Álvaro Valero, frente a la Caridad; don Luis, en las casas de don Carlos de Vera, en la calleja de don Juan Segura; la Infanta doña María Teresa, en las casas de don Pedro Forero, en la calle que va de la plaza a San Agustín; la Infanta doña María Fernanda, en las casas de las Ánimas, calle de Parras; el señor Cardenal y Patriarca Borja, en las casas de don Francisco Martín Miguel Tirado, calle de Parras…

Continúa la crónica del párroco, refiriendo el día a día de la familia real, centrado en paseos, rezos y cacerías:

Los Reyes, todos los días, excepto el que entraron y se marcharon, salieron a cazar a diferentes parajes cercanos a esta villa y a otros términos donde la caza es abundante (…) El Príncipe (Fernando) y la Princesa vinieron todas las tardes a la iglesia, hacían oración al Santísimo y luego salían al corral de la misma, en donde tenía el Príncipe sus escopetas, y se entretenía en matar aviones. Y la Princesa, sentada en su silla y estrado, haciendo cordón y borlitas de seda, puesto el sol, el Príncipe montaba a caballo y salía a tirar codornices y la Princesa se iba en el coche a la fuente del Moro, y allí se apeaba y paseaba toda la vega…


La estancia de la corte en la villa de Cazalla no pasó desapercibida entre los naturales del partido de Llerena. En efecto, también por iniciativa de don José Patiño se le hizo llegar al gobernador de Llerena una carta-orden con la noticia (AMLL., Sec. AA.CC., lib de 1730, fot. 54, 59, 66, 69, 86 y 99), mandando que la ciudad de Llerena y villas de su partido debían enviar a la corte y villa de Cazalla cuatrocientos hombres con azadas y demás pertrechos (picos,  calabozos, escobas, espuestas…) para trazar y allanar los caminos de los cazaderos destinados al recreo de S.M. En sucesivas misivas (recogidas indistintamente en los libros de actas capitulares de Azuaga, Guadalcanal y Llerena…) se insistía en esta misma cuestión, recabando igualmente la presencia de albañiles y picapedreros, además de recomendar a los concejos del partido que pagasen los jornales con cargo a los impuestos o servicios reales (rentas provinciales) pendientes.

Desconocemos el número de personas que formaban el séquito de Felipe V en Cazalla. Las crónicas de la época estiman que cuando abandonaron Madrid en 1729, camino de Badajoz para celebrar la boda del príncipe de Asturias (después Fernando VI) con Bárbara de Braganza, estaba constituido por más de 600 personas, que se trasladaban ocupando 85 coches, unas 400 calesas, 750 caballos y centenares de mulas. Por ello, no resulta extraño el contenido de la carta-orden recibida por los alcaldes de Azuaga (AMA., Sec. AA.CC., lib. de 1730, sesión del 14 de junio, fot. 24 y ss.), en la que se le comunicaba que debía suministrar a la corte instalada en Cazalla 100 fanegas de cebada y 200 @ de paja diariamente, aparte de gallinas, pollos, pavos, huevos, jamones, tocino, cecina y demás víveres, orden que obligó a los oficiales concejiles a registrar las casas de los vecinos para requisar los víveres reclamados.

La corte estuvo en Cazalla hasta el 20 de agosto, retornando a Sevilla. Antes de su partida, Felipe V dio las órdenes precisas para resarcir económicamente a los trabajadores de los pueblos del partido de Llerena que prepararon y allanaron los caminos de los cazaderos. Cotejando los datos de los ingenieros con los que estaban en poder de los concejo, llegaron al consenso de determinar que entre el 10 y el 17 de junio, ambos inclusive, trabajaron 200 jornaleros de Azuaga, otros 200 de Guadalcanal, 68 de Llerena, 15 de Valverde, 15 de Ayllones, 4 de Trassiera, 4 de Reyna, 4 de las Casas, 5 de Fuente del Arco, 10 de Villagarcía, 10 de Usagre, 20 de Bienvenida, 15 de Montemolin y 30 de Berlanga. En total, 600 personas distintas  y 4.800 jornales (AMG, leg. 4, lib. de 1730).


Como las labores de apertura y allanamientos de camino continuaron entre el 19 de junio y el 21 de Julio, ambos inclusive, también se consensuó la siguiente relación:

Concejos
Trabajadores
días
Llerena
30
28
Azuaga
25
28
Valverde
15
29
Ayllones
20
28
Trasierra
10
28
Reyna
8
28
Las Casas
8
28
Villagarcía
10
28
Usagre
10
28
Bienvenida
15
28
Montemolin
16
15
Berlanga
30
22
Los Santos
30
28
Puebla de S. P.
10
28
Rivera
24
28
Hinojosa
6
28
Medina de las T.
15
28
Puebla del M.
30
28
Palomas
10
28
Granxa
10
28
Campillo
10
28
Retamal
4
28
Valencia de las T.
10
28
Puebla de la R.
6
28
La Oliba
10
28

 

 

martes, 9 de diciembre de 2014

LLERENA EN 1810

        (Art. publicado en La Revista de Feria y Fiestas, Llerena, 2010)




  Enlazando con los artículos publicados en las dos últimas entregas de esta revista (“Llerena en 1808” y “Llerena en 1809”), abordamos a continuación los sucesos acaecidos en esta ciudad durante 1810. Para ello, nuevamente nos encontramos con las dificultades ya presentadas en la elaboración de los dos artículos anteriores; es decir, la total ausencia de documentos relativos a la Guerra de la Independencia en los expoliados archivos de Llerena[1] y el carácter genérico e inespecífico de las informaciones dadas sobre la citada ciudad en las grandes obras y cronicones publicados sobre dicha guerra. Por ello, y como en los casos anteriores, hemos de basarnos en datos recogidos en los archivos municipales de tres de los pueblos del entonces partido de Llerena (Guadalcanal, Valencia de las Torres y Valverde de Llerena), donde se localizan esporádicos decretos y órdenes recibidas a través de Llerena y procedentes de la Junta Superior (órgano colegiado que ostentaba la máxima autoridad del reino), de la Junta Suprema de Extremadura (órgano colegiado de rango inferior al anterior y que se encargaba más directamente de los asuntos de la guerra en esta provincia) y de los cuarteles generales del ejército español, además de las instrucciones y otras normativas en las que entendía la Junta Patriótica de Llerena, subsidiaria de las anteriores.

Antes de adentrarnos en 1810, parece necesario resumir lo ya relatado sobre Llerena entre el 2 de Mayo de 1808 y finales de1809:

-       En primer lugar, hemos de considerar que en esta ciudad, como cabecera de un amplio partido, se había constituido una Junta Patriótica a primeros de Junio de 1808, con facultades políticas y administrativas en la misma y en los 45 pueblos del partido que encabezaba.

-       Que en el desarrollo de sus competencias, la citada Junta Patriótica (constituida mayoritariamente por miembros del clero, de la inquisición y de las familias llerenenses más poderosos) se encontró con la declarada enemistad, enfrentamientos por asuntos de competencia y, en ocasiones, rebeldía del gobernador de turno (primero Camborda y después Muñoz Santiago), su alcalde mayor (Amat) y de la práctica totalidad de los regidores perpetuos llerenenses, representados y encabezados por Matías Cebrián. Ya en 1810, estos desencuentros hemos de centrarlos muy especialmente en el pulso que mantuvieron el inquisidor Riesco[2], como presidente de la Junta Patriótica de Llerena, y el gobernador Muñoz Santiago, quitándole el primero al segundo el patronazgo y los derechos pecuniarios inherentes a la obra pía instituida por el  capitán Fernández Barba a finales del XVII[3].

-       Por último, resaltar que hasta la primavera de 1810 los llerenenses sólo habían conocido y sufrido los efectos indirectos de la guerra (reclutamiento de soldados, impuestos extraordinarios, petición de avituallamientos para la tropa…), pero no los directos, pues durante la invasión francesa que sufrió una parte del partido de Llerena en la primavera de 1809, los gabachos no llegaron a entrar en la ciudad.


Sobre esta última cuestión sabemos que los franceses se retiraron de las proximidades de Llerena en Mayo de 1809, centrándose a partir de entonces los acontecimientos bélicos más notables en Portugal y en el norte de la Península. Pero a principios de 1810, controlada por los invasores la práctica totalidad de la zona septentrional de España, el pesimismo se apoderó de nuestros antepasados, una vez conocidas las intenciones del enemigo por ocupar Extremadura y Andalucía, operaciones que acometieron con extraordinario éxito y sin apenas resistencia. En efecto, los gabachos avanzaron desde zonas más norteñas decididamente sobre Extremadura, bajo el mando del mariscal Massena, apoderándose de Olivenza el 22 de Enero e iniciando el cerco a Badajoz el 26 de dicho mes. Al mismo tiempo, el 20 de Enero y bajo el mando del mariscal Soult, los invasores penetraron por Despeñaperros, ocupando sin apenas resistencia la totalidad de Andalucía en menos de un mes, salvo el fortín de Cádiz, que nunca llegaron a controlar. Concretamente y en lo que más afectó a Llerena, el primero de Febrero los franceses se apoderaron de Sevilla, pero no se conformó Soult con esta ocupación, sino que puso sus ojos inmediatamente sobre Cádiz (ciudad a donde definitivamente tuvo que trasladarse la Junta Central Suprema del Reino y que ya quedó cercada el 6 de Febrero) y sobre la plaza fortificada de Badajoz, enclave ya sitiado desde zonas norteñas por Massena y que resistía heroicamente al acoso francés. Fue, por tanto,  a partir de esta fecha cuando empezó a actuar por nuestra zona el 5º Cuerpo del ejército francés o del Mediodía, cuyos efectivos atravesaban reiteradamente las tierras del partido de Llerena por diferentes rutas para, desde Sevilla, reforzar el cerco de Badajoz.

En definitiva, las comarcas sureñas de la actual provincia de Badajoz se convirtieron por entonces en una zona de paso para la columna móvil francesa, en su continuo desplazamiento entre Sevilla y Badajoz, deteniéndose en los pueblos de la ruta sólo para repostar, avituallarse y descansar. En ese continuo discurrir, tanto en un sentido como en el contrario, los franceses utilizaron indistintamente dos vías confluentes en Zafra: una por Cantillana, Constantina-Cazalla, Guadalcanal, Llerena y Zafra para proseguir hasta Badajoz o viceversa, y la otra por el Ronquillo, Santa Olaya, Monesterio, Fuente de Cantos y Zafra. Sobre este particular, Gómez Villafranca nos ofrece una serie de documentos que demuestran este tráfico continuo y, además, nos confirma que no fue fácil para los franceses, pues con frecuencia fueron incomodados por la guerrilla española, nunca en forma de batalla abierta, pero sí mediante acciones puntuales de sorpresa[4].

Naturalmente, estas circunstancias ocasionaron grandes perjuicios a las poblaciones afectadas, pues en su paso los invasores requerían cuantos suministros necesitaban. No obstante, es preciso advertir que en los primeros meses de 1810 lo prioritario para el ejército francés del Mediodía fue el cerco de Badajoz, la defensa de Sevilla y el acoso a Cádiz, no teniendo en absoluto la menor intención de dispersar sus efectivos ocupando y supervisando la gobernación de Llerena y de los pueblos de las rutas descritas, ni la de los que les eran próximos. Esta actuación se constata al comprobar que dichos pueblos seguían mayoritariamente con su rutina administrativa, recibiendo órdenes y decretos de las distintas administraciones españolas a través de Llerena, como si no estuviese ocurriendo nada en sus alrededores. Por ejemplo, en los archivos municipales de los pueblos consultados encontramos entre Enero y finales de Abril de 1810 actas de plenos capitulares redactadas en papel acuñado con el sello de Carlos IV, aunque con la correspondiente convalidación para el reinado de Fernando VII, además de proclamas en defensa del soberano, la religión y la patria, así como cuadernos de órdenes y decretos recibidos a través de Llerena. Gracias a estos documentos se constata indirectamente la presencia de la administración española en Llerena  y los pueblos de su partido, al menos hasta los primeros días de Mayo del año que nos ocupa (Docs. nº 1, 2 y 3)

A partir de esta última fecha los franceses, cambiando de táctica, decidieron tomar y asentarse en los pueblos que más le convenían. Así, en el caso concreto de Guadalcanal, desde el 11 de Mayo la administración francesa determinó gobernar dicha villa según su propia legislación, de tal manera que en las actas capitulares de esta villa santiaguista y extremeña aparecen reflejados continuos y asfixiantes requerimientos de dinero, equipamientos, comidas y medios de transporte para los ejércitos franceses, circunstancias de lo que respetuosamente se quejaban los miembros del Ayuntamiento, haciéndose eco de las airadas protestas de la vecindad.

Y esta situación es la misma que suponemos para Llerena y otras poblaciones de su partido hasta la primavera de 1812, fecha en la que los franceses abandonaron definitivamente esta zona. No obstante, la ocupación enemiga durante 1810 no fue perfecta o plena, pues existieron determinadas fechas en las que, bien por que les convenía -de acuerdo con sus tácticas y estrategias- o por que se vieran forzados a ello ante la presión de los aliados (la coalición, cada vez más comprometidas, de españoles, ingleses y portugueses), los franceses abandonaron en repetidas ocasiones la ciudad, tal como intentamos poner de manifiesto con los documentos que se adjuntan como anexos.

En efecto, entre Mayo y Septiembre de 1810 no encontramos en los archivos municipales de los pueblos del partido de Llerena órdenes españolas tramitadas desde Llerena. Por lo tanto, no sólo esta ciudad sino la mayor parte de la zona sur, central y oriental de la actual provincia de Badajoz debió estar ocupada por los franceses, que intencionadamente permanecieron por aquí para aprovechar la época veraniega y hacer acopio de cereales y paja,  sin que por ello dejase de ser incordiados por efectivos de los aliados.

Fruto de esta presión, y demostrando la ya anunciada ocupación imperfecta u ocasional de la ciudad por parte de los franceses, tenemos referencias de que en Llerena existió un paréntesis intermedio, concretamente durante la primera quincena de Julio, fechas en las que los pueblos de la zona que nos ocupa quedaron nuevamente bajo la administración española, que se gobernaban siguiendo las instrucciones, órdenes o decretos recibidos desde Llerena (Doc. nº 5) Estas disposiciones principalmente tenían como finalidad reclutar soldados y exigir dineros y enseres para sus avituallamientos[5], objetivos que no pudieron cumplirse, pues a principios de Agosto ya estaban otra vez los franceses por la zona, emprendiendo cierta acción en Fuente de Cantos (1/08/10)[6] y reinstalándose en Llerena. Y en esta ciudad permanecieron hasta recibir refuerzos de Sevilla con miras a cortar el paso al ejército español denominado de la izquierda, que bajo el mando del marqués de la Romana pretendía por aquellas fechas y desde Extremadura atacar y liberar la ciudad hispalense. Sin embargo, los franceses, conocedores de estas intenciones, entendieron que les era mejor defender a Sevilla en Extremadura, provocando el encuentro del 11 de Agosto en Cantalgallo, en las proximidades de Llerena. Esta batalla, junto a la de la Albuera, fue una de las más cruentas de las emprendidas en la Baja Extremadura, sorprendiendo y derrotando los franceses a los más de diez mil efectivos españoles comandados por el marqués de la Romana y los generales Ballesteros, Cuesta, Imaz y Mendizábal, que todos ellos estuvieron implicados en la derrota (Doc. nº  6)[7].

Poco después, confirmando la superioridad enemiga en las batallas a campo abierto, el 14 y 15 de Septiembre volvieron a derrotar a los españoles y aliados en Fuente de Cantos[8], circunstancia que determinó la retirada de la coalición de la zona, yendo unos efectivos hacia el oeste y la mayoría, al mando del marqués de la Romana, hacia Portugal, a donde acudieron para apoyar a ingleses y portugueses en la defensa de la línea de Torres Vedrás. Siguieron sus pasos los franceses, centrándose, por lo tanto, la confrontación en Portugal y en el eterno asedio a Badajoz. Esta circunstancia motivó un nuevo desalojo de Llerena y su zona de influencia por parte del enemigo, siendo Matías Cebrián López (uno de los regidores perpetuos díscolo y crítico con las actuaciones de los miembros de la Junta Patriótica, a los que desautorizó aliado con los otros regidores perpetuos y con Antonio Muñoz, el gobernador) quien se hizo con el poder en la ciudad, circunstancia de la que hacía gala cuando trasmitía ordenes superiores a los pueblos del partido, en calidad “de la omnímoda real jurisdicción de Llerena y su partido, por legítima elección”[9] (Docs. nº 8 y 11). 

A juzgar por los decretos tramitados y firmados por Matías Cebrián, parece ser que desde finales de septiembre de 1810, y hasta finales de Diciembre de 1810, Llerena y la práctica totalidad del partido quedó nuevamente bajo la administración españolas, circunstancia que se aprovechó para seguir insistiendo en el reclutamiento y alistamiento iniciado en los primeros días de julio que, como ya se dijo, no pudo llevarse a cabo por la inmediata reocupación francesa. Igualmente se aprovechó la ausencia del enemigo para solicitar más avituallamiento para la tropa, “teniendo atención a que los valientes soldados no deben carecer de lo necesario y teniendo en cuenta que los pueblos que lo sostienen (donde estaba en cada momento el cuartel general y las distintas divisiones) padezcan lo menos… por ello se ha elaborado un plan con toda meticulosidad para que todos los pueblos del partido de Llerena contribuyan y no sólo donde están los cuarteles, excluyendo por ahora a varios de ellos por los perjuicios que les han causado nuestros pérfidos enemigos, los que he visto y han excitado mi compasión… los pueblos, con los medidas que estimen oportuna trasportarán un día para tres las raciones asignadas, y no distraerse continuamente en sus labores. Y los de Guadalcanal, Valverde de Llerena, Ahillones, Berlanga, Azuaga, Granja, Magulla y Campillo harán una remesa anticipada de ocho días y, concluyendo esta seguirán con el mismo orden…[10]”

La situación de Llerena durante el otoño de 1810 fue algo más complicada de lo indicado en el párrafo anterior, pues en determinados momento tuvieron que soportar la presencia de los franceses (Docs. nº 9 y 10). Es decir, los enemigos no se retiraron de la zona plenamente, sino que, aunque con pocos efectivos, siguieron desplazándose entre Sevilla y Badajoz, incomodando en determinadas ocasiones al vecindario de los pueblos de la ruta.

Para finalizar, anticipándonos a los acontecimientos de 1811, hemos de advertir que la relativa tranquilidad que afectó a Llerena y al resto de los pueblos del partido durante el otoño de 1810 cambió bruscamente al iniciarse 1811. En estas fechas el mariscal Soult penetró en Extremadura, desde Sevilla, con dos objetivos: tomar de forma definitiva la ciudad fortificada de Badajoz, sitiada prácticamente sin interrupción desde Marzo de 1810, y atraerse así a parte de los efectivos españoles que en la línea defensiva de Torres Vedrás contenían a la fuerzas de Massena en su intento de apoderarse de Lisboa”[11].

El primero de los objetivos se consiguió el 11 de Marzo de 1811, tras la polémica rendición de la exhausta ciudad de Badajoz, paradigma de la resistencia española y cuya capitulación representó un golpe de efecto que facilitaría el control francés de la mayor parte de Extremadura, como así fue hasta finales del verano de 1812.  
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DOCUMENTOS ANEXOS:

Doc. nº 1: Un ejemplo de las numerosas órdenes remitidas a Llerena por la superioridad, que en forma de decreto se mandaba a los pueblos de su partido, a Guadalcanal en este caso. Está fechado el 29 de enero de 1810, siendo éste el último de los decretos firmado por la Junta Patriótica local. A partir de esta fecha, y a lo largo del resto de 1810, sería Muñoz Santiago (hasta finales de Abril) o  Matías Cebrián quienes firmasen los decretos.

 

Doc. nº 2: La Junta Suprema de Extremadura, de la que formaba parte el inquisidor Riesco,  toma medidas contra los extremeños tolerantes con los invasores.


Doc. nº 3 (28/04/1810) Una de las últimas intervenciones de Muñoz Santiago antes de huir, en este caso formando parte de una declaración jurada relacionada con el pleito que mantuvo con el inquisidor Riesco por el patronazgo y emolumentos de la Obra Pía de Fdez. Barba.












Doc. nº 5 (17/07/1810) Maesso -uno de los escribanos de la descabezada gobernación de Llerena, tras la huida de la Junta Patriótica local, del gobernador y del alcalde mayor- trasmite órdenes de la administración española a los pueblos del partido. Se incorpora este documento para confirmar que la ciudad quedó en tierras de nadie a partir de Mayo de 1810, estando unas veces controlada por la administración francesa y otras por la española, como en este caso





Doc. nº 6: Breve informe del general Mendizábal al marqués de la Romana sobre la batalla de Cantalgallo,  el 11 de Agosto de 1810, a las 23 horas y desde Calera de León


Doc. nº 7: Real Provisión de José I animando a los soldados extremeños a desertar (Septiembre, 1810)





[1] Existe un vacío documental absoluto de más de cincuenta años consecutivos, entre ellos los correspondientes a la Guerra de la Independencia.
[2] Riesco, el inquisidor decano, pasó a presidir la Junta Patriótica de Llerena, responsabilidad que compartió con la inherente al cargo de miembro de la Junta Suprema de Extremadura y, a partir de Septiembre de 1810, como diputado en las Cortes Constituyentes de Cádiz, junto al fuentecanteño Casquete del Prado, miembro igualmente de la Junta Patriótica de Llerena y primer obispo-prior perpetuo de la Orden de Santiago.
[3] La obra pía del capitán Fernández Barba y su administración es una de las circunstancias más importantes a considerar para analizar y comprender una buena parte de la Historia de Llerena, como así lo entendí en 1998, cuando publique un artículo en esta misma revista titulado “El capitán Diego Fernández Barba, un llerenense generoso del XVII”.
[4] GÓMEZ VILLAFRANCA, R. Extremadura en la Guerra de la Independencia. Memoria histórica y colección diplomática, 2 Tomos. Badajoz, 1908
[5] AMVT,  leg. 91.
[6] AHN, Diversos-Colecciones, 87, N. 15. Ligero parte de la acción de Fuente de Cantos que el general Vallesteros remite al Marqués de la Romana… 1º de Agosto (Fuente Cantos)
[7] Pasamos de puntilla sobre este importantísimo asunto pues, bajo este mismo título, ya tuve la oportunidad de escribir en las páginas de esta revista (Agosto de 2008), tomando como referencia  el AHN (Diversos-Colecciones, 88, N. 16). Para este asunto en concreto, y para el artículo en general, también puede consultar la opinión de GUTIÉRREZ BARBA, A. (Llerena y su partido en la Guerra de la Independencia, Llerena, Octubre de 2008) y también mi blogs “manuelmaldonadofernandez.blogspot.com”
[8] AHN, Diversos-Colecciones, 87, n. 15. Acción dada por el general de la Carrera en Fuente de Cantos el 14 y 15 de Septiembre de 1810. Más información en GUTIÉRREZ BARBA, A. “La Guerra de la Independencia en Fuente de Cantos”, en Actas de las Jornadas, Fuente de Cantos, 2008.
[9] AMVT, Leg. 91.
[10] En el documento anterior. Concretamente, Valencia de las Torres debería llevar al Cuartel de Zafra 2 fgas. de harina, 4 cabezas de ganado menor y 12 fanegas de cebada. Por otra parte, diariamente al Cuartel de Fuente de Cantos debía proporcionar 48 libras de carne, 48 raciones de pan, 6 fanegas de cebada y 30 cargas de paja.
[11] LÓPEZ FERNÁNDEZ, M. “El inicio de la invasión francesa por el sur de Extremadura en 1811”, en Revista de Estudios Extremeños, T. LXI-II, Badajoz, 2005.