martes, 9 de diciembre de 2014

LLERENA EN 1809

(Art. publicado en La Revista de Feria y Fiestas, Llerena, 2009)



I.- ANTECEDENTES

     Como ya indicamos en un artículo publicado en la edición anterior de esta Revista de Fiestas Patronales (Llerena en 1808), las circunstancias y urgencias propias de la Guerra de la Independencia determinaron un mayor protagonismo gubernativo y administrativo de esta ciudad, desde donde se gobernaban los 44 pueblos de su partido, trasmitiendo a sus autoridades las órdenes e instrucciones que a Llerena llegaban desde la Junta Central Suprema de Gobernación del Reino, de la Junta Suprema de Extremadura o de los cuarteles generales de los ejércitos nacionales.
Gracias al contacto directo con la superioridad, las autoridades llerenenses tuvieron noticias de primera mano sobre el Motín de Aranjuez, los sucesos del 2 de Mayo en Madrid y la forzada abdicación de Fernando VII en favor de José Bonaparte el día 5 del mismo mes. En concreto, la iniciativa y disposición de los alcaldes de Móstoles fue conocida oficialmente por el gobernador interino y alcalde mayor de Llerena, don Fernando Camborda, sobre las tres de la madrugada del día 5 de Mayo, noticia que puso en conocimiento del resto de las autoridades civiles y religiosas locales, y también de las de los pueblos de su jurisdicción.
Como ya se consideró, el primero de Julio de 1808, siguiendo instrucciones superiores, se constituyó la Junta Patriótica de Llerena, con facultad para tutorar y controlar los asuntos de la guerra en esta ciudad y en todos los pueblos de su partido histórico. Dicha junta quedó controlada por el clero local (el inquisidor Riesco y el obispo-prior Casquete del Prado), excluyendo a Camborda y a la práctica totalidad de los regidores perpetuos de la ciudad, salvo a Hernández Santa Cruz. Esta circunstancia no fue bien acogida por las personalidades descartadas, situación que inmediatamente dio origen a sucesivas polémicas y disensiones, la primera de las cuales se resolvió con el traslado de Camborda a Hornachos. Por desgracia para los intereses nacionales y locales, las desavenencias entre las autoridades llerenenses no concluyeron aquí, pues las discordias estuvieron presentes durante todo el desarrollo de la Guerra.
      Respecto a la guerra en sí, como también ya se contempló en su momento, la contienda fue un paseo triunfal para los intereses franceses hasta que, excesivamente confiados, sufrieron en Julio de 1808 la estrepitosa derrota de Bailén, circunstancia que provocó su retirada al noreste peninsular. Pero allí, ya en el otoño los aproximadamente 60.000 efectivos españoles que acudieron a acosarles se encontraron con el enemigo reforzado con más de 250.000 soldados de todas las armas, perfectamente adiestrados y pertrechados, y bajo la personal dirección de Napoleón, que sin apenas esfuerzo les derrotó sin contemplación. En lo que más nos atañe, el ejército de Extremadura, del que formaban parte unos 5.000 soldados reclutados en el partido de Llerena, prácticamente desapareció tras los distintos enfrentamientos que mantuvieron con el enemigo en la provincia de Burgos, sufriendo numerosas bajas y deserciones. Los escasos efectivos que sobrevivieron padecieron en Diciembre nueva derrota en las proximidades de Madrid, ahora en unos momentos en los que la Junta Central se vio forzada a abandonar Madrid para, tras descartar su traslado a la plaza fortificada de Badajoz, refugiarse por fin en Sevilla.
      Bajo estas circunstancias y con el enemigo avanzando desde Madrid hacia distintos puntos de la Península, entre ellos Extremadura y Portugal, abordamos la repercusión de la contienda en Llerena durante 1809.

II.- LUCHA POR EL PODER LOCAL

En ausencia de datos, hemos de suponer que la vida de los llerenenses discurriría con la normalidad que la guerra permitía en 1809. Y hacemos esta conjetura porque realmente carecemos de datos concretos, dada la laguna documental que existe en los archivos de la ciudad, reducido a las partidas recogidas en los Libros Sacramentales de sus dos parroquias. Ya hemos lamentado esta circunstancia en otras ocasiones, pero conviene recordar que en Llerena no se conserva ni un solo documento relativo a la Guerra de la Independencia, acotando la laguna documental citada entre los años setenta del XVIII y los treinta del XIX. Por ello, sólo es posible tomar referencias sobre Llerena cuando lo sucedido en nuestra ciudad tuvo eco o repercusión más allá de sus murallas, bien por tratarse de órdenes recibidas de la superioridad, de decretos remitidos a los pueblos de su gobernación por las autoridades del partido o por hechos aquí acontecidos y que tuvieron repercusión o desenlace en otros lugares.

Al parecer, tomando nuevamente la referencia del año anterior, la precipitada salida en Agosto de 1808 del gobernador interino y alcalde mayor de Llerena, Sr. Camborda, no fue suficiente para calmar los ánimos y alcanzar la paz entre las distintas autoridades llerenenses. En realidad, durante el Antiguo Régimen en Llerena nunca faltaron recelos y suspicacias de esta naturaleza entre los miembros del clero, los del estamento nobiliario y los administradores y oficiales reales que circunstancialmente aquí estaban destinados.  Buena prueba de ello se localiza en una especie de crónica e informe de 1667 redactado por Cristóbal de Aguilar (Libro de Razón), en donde se recogían los privilegios de la ciudad y las competencias de cada uno de los estamentos de poder en ella centralizada. Se daba cuenta igualmente de lo pactado y acordado protocolariamente sobre la privilegiada ubicación de cada autoridad en todos y cada uno de los actos festivos (juegos de cañas, corridas de toros, representaciones teatrales…) y religiosos (misas, procesiones, rosarios, autos de fe…) que se celebraban en Llerena, repartiendo con meticulosidad y de forma inequívoca cada uno de los palcos y arcos que rodeaban la Plaza Mayor, los sitiales reservados en las iglesias y conventos, así como la posición de cada autoridad en las dependencias donde se celebraban los plenos del Ayuntamiento o cualquier otra actividad administrativa. A tal extremo se llevaron estos asuntos protocolarios, que aún a mediados del XVIII la propia reconstrucción de la Iglesia Mayor de Ntra. Sra. de la Granada tuvo que adaptarse arquitectónicamente para incluir exactamente los soportales y arcos que el primitivo templo disponía delante del mismo, es decir, los que entonces se conocían como Portales de Plateros y Libreros.

En realidad, especialmente desde el definitivo asentamiento de los regidores perpetuos en Llerena, el gobierno del concejo quedó en sus manos. Éstos constituían el estamento nobiliario u oligarquía local, junto a la escasa veintena de hidalgos avecindados en la ciudad, así como ciertos y circunstanciales oficiales reales en ella asentados (gobernador, alcalde mayor, escribanos, funcionarios de la tesorería del partido y de la Mesa Maestral, los asociados a la administración de Justicias, jueces comisionados para asuntos puntuales, militares de graduación…).

En efecto, el gobierno del concejo quedó exclusivamente como competencia de los numerosos regidores perpetuos que compraron el título en 1629, con la anuencia del gobernador, cuya voluntad doblegaban ofreciéndole el patronato de la obra pía que fundara el capitán Fernández Barba. El osado atrevimiento de los regidores perdía tal condición si consideramos que dicho patronazgo conllevaba 11.000 reales anuales (el jornal, cuando se podía echar y siempre de sol a sol, estaba estipulado entre 3 y 5 reales, según la época del año y la tarea a realizar). Es decir, un “estímulo” suficiente para que el representante real en Llerena les dejara vía libre en el gobierno y distribución de los bienes concejiles y comunales (representaban aproximadamente el 90% de la tierra de los actuales términos de Llerena y sus antiguas aldeas de Higuera y Maguilla), así como en el reparto de la carga fiscal que afectaba al conjunto de los llerenenses.

El otro estamento privilegiado de la ciudad estaba representado por el numeroso clero local, presidido por el obispo-prior y los asociados a sus distintas competencias religiosas y administrativas en la provincia de León de la Orden de Santiago en Extremadura (unos 10.000 km2), además del provisor del partido de Llerena y sus ayudantes, los dos párrocos locales con sus tenientes, los numerosos beneficiados de capellanías, obras pías y vínculos, tres conventos de religiosas (Santa Isabel, Santa Clara y Santa Ana) y cuatro de religiosos (dominicos, franciscanos, hermanos de San Juan de Dios y jesuitas), sin olvidarnos del complejo entramado representado por los miembros del Tribunal de la Inquisición. En total, aproximadamente tres centenares de religiosos, algunos de ellos con muchísimo poder, carga difícil de mantener por los poco más de 6.000 habitantes que tuvo Llerena en su mejor época, es decir, los 1.500 pecheros o unidades familiares que, como media a lo largo del Antiguo Régimen, integraban el pueblo llano o clase desfavorecida del sistema social imperante.

Los dos estamentos privilegiados (nobleza intitulada local y clero), aunque rivalizaban por nimiedades tales como un palco en la Plaza Pública o un asiento o lugar preferente en las iglesias o procesiones (no digamos por otros asuntos más importantes), actuaban corporativamente cuando se trataba de defender sus privilegios frente al estamento de los pecheros, abusando de ellos, tanto en el reparto de tierras para labrar o pastorear como en la aplicación de impuesto.

Y bajo estos parámetros hemos de analizar los acontecimientos locales y la eterna lucha por el poder entre las autoridades de las múltiples administraciones que concurrieron en Llerena durante la Guerra de la Independencia, parámetros y protocolos rotos desde su inicio. En efecto, la aparición a primeros de Junio de 1808 de la Junta Patriótica local hizo añicos los pactos protocolarios y la distribución de poder y competencias que habían presidido las relaciones de las distintas administraciones y autoridades ubicadas en Llerena durante más de dos siglos. Así, nada más empezar la guerra, el pulso entre el gobernador interino y alcalde mayor de Llerena, Sr. Camborda, y la recién aparecida Junta Patriótica concluyó con la expulsión de este último, especialmente por la influencia de su presidente, el inquisidor decano José María Riesco (integrante también de la Junta Suprema Provincial de Extremadura y, más adelante, uno de los parlamentarios de las Cortes Constituyentes de Cádiz) y la de Casquete del Prado (fuentecanteño, obispo-prior de la Orden de Santiago en su provincia de Extremadura y, con posterioridad, también integrante de las Cortes Constituyentes).

A Camborda le sustituyeron el Coronel Antonio Muñoz de Santiago, como gobernador, y Amat como alcalde mayor, dos personajes oriundos de distintos lugares de la geografía peninsular pues, según era costumbre en los territorios de Órdenes Militares, dichos funcionarios reales no deberían tener ninguna relación de vecindad con Llerena, ni de familiaridad con su vecindario. Pues bien, nada más tomar posesión de sus respectivos cargos aparecieron entre ellos los primeros desencuentros, cuando en realidad se debía tratar de cargos y oficios complementarios: el del gobernador, como máxima autoridad en Llerena y su partido, y del alcalde mayor y abogado de los Reales Consejos como su asesor personal en cuestiones jurídicas. Sin embargo, se quejaba Amat de que Muñoz no se dejaba aconsejar, saltándose las ordenanzas y leyes a su antojo, utilizándole exclusivamente con fines recaudatorios en casos ya rancios y complicados, máxime en los tiempos que corrían.

Pero los frentes de discordias entre las distintas autoridades llerenenses fueron numerosos a lo largo de 1809, pese a que los franceses llegaron a estar en cierto momento prácticamente a las mismas puertas de la ciudad. Sobre este particular, el ya clásico clan de regidores perpetuos locales (hasta 17 concurrieron en alguna fase del Antiguo Régimen) adoptaron diversas posturas:

-       Algunos habían desistido de renovar su cargo en 1805, estimando que para esas fechas no era tan interesante el oficio, especialmente como consecuencia de las reformas ilustradas en la administración de los concejos.

-       Otros, pese a renovarlo en la fecha últimamente indicada, decidieron mantenerse al margen y olvidar sus obligaciones en el gobierno y administración del concejo, especialmente, suponemos, por las complicaciones que podrían derivarse del conflicto bélico, a las que habría que añadir el enfrentamiento nada disimulado que se estaba produciendo entre el gobernador y la Junta Patriótica local y del partido. Fueron los casos de Juan de Monroy, Fernando de Aguilar, Enrique Ansoti, Antonio Moreno, Sebastián Montero, Ignacio del Olmo, Pedro Corpas, Francisco Cabanillas, Francisco Ansoti, Manuel de la Fuente, Lorenzo de Figueroa y los herederos de Pablo Nanclares.

-       Sólo Hernández Santa Cruz (regidor perpetuo decano) pasó a formar parte de la Junta Patriótica local, defendiéndola con decisión.

-       Finalmente, el grupo de los únicos que decidieron cumplir con sus obligaciones y continuar en el Ayuntamiento, no sabemos si por respaldar al gobernador o por el común interés en contrarrestar a la Junta Patriótica, que actuaba y se había erigido como la máxima autoridad en Llerena y en los 44 pueblos del partido, que ocupaban una superficie aproximada de 6.000 km2. Nos referimos a Antonio Muñoz Gato, Francisco Pacheco, Juan Hidalgo, Matías Cebrián, José Gómez (mayordomo, es decir, quien administraba los fondos municipales) y Fernando Rodríguez Zambrano (síndico personero del común o, lo que es igual, quien se encargaba de distribuir las tierras y pastos comunales).

Eran, pues, tan pocos regidores los que decidieron seguir en el Ayuntamiento, que por falta de quórum, y considerando las circunstancias tan especiales que concurrían, frecuentemente se veían obligados a suspender los plenos municipales, como así estaba recogido en las ordenanzas del concejo llerenense.  Por ello, en una sesión de pleno celebrada durante la primavera  de 1809 decidieron solicitar de la Junta Central Suprema de Gobierno del Reino (refugiada en los Reales Alcázares de Sevilla, tras su retirada de Madrid en Noviembre de 1808) una Real Provisión que obligara a los regidores perpetuos absentistas a deponer su actitud, sugiriendo que en caso contrario se les secuestrara el oficio que habían comprado a perpetuidad. Igualmente solicitaron que se les permitiera anualmente escoger entre el vecindario cuatro o seis personas dispuestas a actuar como regidores.

Esta última petición fue desestimada, pero no la primera. En efecto, desde Sevilla (sede de la Junta Suprema de Gobernación del Reino) contactaron con los regidores absentistas, conminándoles al cumplimiento de las competencias anexas a su cargo. Sobre este particular, sólo hemos tenido acceso a las alegaciones de Aguilar y Valdés, que justificaba su incomparecencia en el Ayuntamiento arguyendo su avanzada edad (acompañaba una partida de bautismo), los achaques propios de la misma (acompañaba certificado médico) y la falta de personas de su confianza para hacerse cargo de su vasta fortuna, hacienda y negocios, estos últimos como distribuidor mayorista de productos de primera y segunda necesidad en toda la comarca. Añadía que era soltero y sólo tenía como familia a una sobrina viuda y madre de un niño de tres años, ambos sin capacidad legal para representarle en el Ayuntamiento. Por todo ello, dado también que nadie estaba dispuesto a arrendarle el oficio de regidor hasta la mayoría de edad de su sobrino-nieto, su sucesor legal en el mayorazgo familiar, solicitaba que se le dispensara de tales obligaciones y que en ningún caso le secuestraran el oficio de regidor perpetuo vinculado al mayorazgo familiar.

Pero el conflicto más tenso fue el mantenido entre el gobernador Muñoz y los miembros de la Junta Patriótica. Estos últimos hicieron saber a la Junta Suprema del Reino que las actuaciones del gobernador estaban presididas por el ánimo de desacreditarla y restarle competencias, dado que no había conseguido el objetivo de regirla. A pesar de todo, hacían saber que la Junta había tenido a bien ofrecerle la responsabilidad de la vicepresidencia que, al parecer, no colmaba sus satisfacciones.

El gobernador no estaba sólo en estos debates; lo arropaban, al menos puntualmente y para asuntos de discrepancia con la Junta Patriótica, los regidores Hidalgo, Pacheco y Cebrián, aunque este último y su familia, con miras más altas, representaba un asociado complicado y peligroso para el propio gobernador. El principal argumento que esgrimían para desacreditar a la Junta Patriótica era el de que en Llerena no existían los 2.000 vecinos (unas 8.000 almas o habitantes) estipulados para que un concejo pudiera disponer de Junta Patriótica.

Al parecer, ni la Junta Suprema de Extremadura (por aquellas fechas asentada en Valencia de Alcántara, al cobijo de los ejércitos aliados y ante el casi asedio del enemigo a Badajoz) ni la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino tomaron decisiones importantes sobre el conflicto llerenense, pues es de suponer que tendrían otros asuntos más importantes que resolver. El único que sí adoptó decisiones, y muy dolorosas para el gobernador, fue Riesco, en su condición de presidente de la Junta Patriótica de Llerena, inquisidor decano y, por aquellas fechas, miembro también de la Junta Suprema de Extremadura. Concretamente tomó la decisión de quitarle al gobernador el patronazgo de la obra pía de Fernández Barba y, lo que resultaba más doloroso, los 11.000 reales anuales que el cargo llevaba anexo. Además, para más complicación, se lo reservo para él en calidad de inquisidor decano, como inicialmente fue la voluntad del fundador.

En definitiva, las relaciones entre las autoridades de Llerena fueron muy tensas. Suponemos que, al menos, el pueblo llano estaría distraído viendo como sus prepotentes, ricas y acomodadas autoridades se destrozaban entre sí, aliviándose de esta manera del excesivo desgaste personal y económico que les reportaban los continuos alistamientos y requisas de víveres que sufrían.

El más sonado de los espectáculos al que asistieron tuvo lugar en la Iglesia Mayor a primeros de Agosto. Se trataba de celebrar con toda solemnidad y júbilo aquella que los aliados (españoles, ingleses y portugueses) consideraron como la única victoria española frente a los franceses en todo 1809: la de Talavera (28/07/1809), que más bien concluyó en empate, con la oportuna retirada de los gabachos a otra zona más acorde con su estrategia. Para tal acontecimiento, siguiendo instrucciones superiores, se acordó que en cada pueblo se celebrasen una serie de actos festivos y religiosos de acción de gracia. Pues bien, con todo el pueblo en el templo y sus alrededores, los asesores y personas de confianza de uno y otro estamento del poder se afanaron en consensuar un protocolo imposible de alcanzar, portando los bancos y estrados propiedad del concejo desde el ayuntamiento a la iglesia mayor, discutiendo en este sagrado aposento sobre la ubicación de dichos estrados y el sitio preferencial de cada autoridad en los actos programados, reubicando los bancos en el Ayuntamiento ante los desacuerdos…, y todo ello delante del público que, aunque acostumbrado a estos espectáculos, seguía expectante el desarrollo de los acontecimientos. Mientras, a la espera de noticias sobre el protocolo a seguir, uno y otro bando de autoridades hacían tiempo en distintas dependencias del ayuntamiento para iniciar los actos programados, sin saber si se iniciarían o cómo concluirían. Al final, sin la asistencia del gobernador, miembros del Ayuntamiento ni, incluso, del párroco de la Iglesia Mayor y hermano de unos de los regidores perpetuos adepto al gobernador, se celebró a duras penas el acto, no sin la irrupción exhibicionista, fiscalizadora, y espectacular del gobernador, que en un momento de la celebración decidió pasearse por el templo.

Y estos son los acontecimientos de los que tenemos noticias en Llerena durante 1809. En el resto de los años que duró la guerra, especialmente en las fechas más complicadas (Febrero de 1810, hasta Septiembre de 1812), fue Cebrián quien dio la cara, echándole redaños al asunto; las otras autoridades en discordia desaparecieron hasta que en Septiembre de 1812 los franceses abandonaron la zona, momento en el que tomó el poder el regidor perpetuo Hernández Santacruz.

 III.- LA GUERRA EN LA BAJA EXTREMADURA DURANTE 1809

Volviendo sobre la guerra en Extremadura a finales de 1808, pese a la debacle y las numerosas deserciones del otoño, durante los meses de Enero y Febrero de 1809 se consiguió reorganizar los ejércitos nacionales, entre ellos el de Extremadura, quedando este último a cargo del general Gregorio de la Cuesta, que se puso como objetivo más inmediato sujetar a los franceses en su decidido avance desde Madrid hacia Badajoz. Por ello, temiendo no poder contenerlos en los pasos del Tajo y del Guadiana, y sospechando que la intención de los invasores era la de encaminarse hacia Sevilla, ciudad donde se había refugiado la Junta Central Suprema de Gobierno, se dieron determinadas órdenes para fortificar las posibles rutas a su paso por Sierra Morena. Así, los zapadores, con ayuda del vecindario de los pueblos de las posibles rutas, organizaron puntos de resistencia en los Santos, Monesterio, el Culebrín, Santa Olalla, el Ronquillo…, haciendo lo propio en la ruta alternativa a su paso por Guadalcanal.

Además de las medidas anteriores, la Junta Central también adoptó la estrategia de fomentar partidas de guerrilla y de preparar las denominadas milicias urbanas para incomodar al enemigo, impidiendo así la obtención de víveres mediante acciones por sorpresa en los puntos neurálgicos del sistema de comunicaciones. Precisamente la constitución en Llerena  de estas partidas también fue objeto de polémicas, siguiendo con las pautas indicadas en el apartado anterior. Al final, el llerenense Muñoz Vaca resultó  nombrado como comandante de dicha partida.

Continuando con los asuntos de la guerra en el contexto provincial, el grueso de la reconstruida tropa extremeña se instaló en el Puerto de Miravete, en el puente de Almaraz y en Medellín, de donde definitivamente fueron desalojados el 29 de Marzo de 1809, tras una polémica batalla en la que, según el posterior informe de su general en jefe, D. Gregorio de la Cuesta, tenían prácticamente ganada, aunque falló a última hora por la tibieza con que se empleó la caballería española. Esta seria derrota provocó una penosa y desesperada retirada del ejército de Extremadura hacia el sur, dejando el enemigo a las puertas de Badajoz y la práctica totalidad de la zona central y oriental de la actual provincia de Badajoz a su alcance. Concretamente, tras la derrota en Medellín, el Cuartel General de los españoles se instaló en Berlanga; toda la caballería, comandada por el general Villalba, en Llerena; la división de Andalucía, comandada por el duque de Alburquerque, en Azuaga; la división de Guadalupe, al frente de la cual estaba el general Barredo, en Granja de Torrehermosa; el duque del Parque, con la vanguardia y la primera división, en Ahillones; en Reina la segunda división con su comandante el general Imaz; la tercera, bajo el mando del general Portago, en Fuente del Arco; y el hospital general en Guadalcanal.  Al parecer, aunque el Cuartel General se trasladó poco después a Monesterio, estas posiciones se mantuvieron en manos españolas, pero no la de los otros pueblos del resto del partido de Llerena y los de la zona central y oriental de la actual provincia de Badajoz, en donde, obviamente, se vieron forzados a proporcionar a los invasores cuantos avituallamientos estimaron oportuno requerir, so pena de saqueos arbitrarios. Con independencia de estas exigencias, el vecindario de la comarca ya estaba comprometido a abastecer al ejército de Extremadura, según disposiciones tomadas  por el general Cuesta, que había obligado a cada pueblo a proporcionar una serie de raciones para abastecer a la tropa concentrada en los pueblos citados anteriormente.

Al parecer, los franceses, tras conseguir el botín de guerra, se retiraron de los pueblos del Partido de Llerena que ocuparon (Hornachos y los de sus alrededores, así como otros incluidos en la antigua encomienda de Alange) y, en general, de la Baja Extremadura a otras zonas más acorde con sus estrategias. Por desgracia, nuevamente volverían en Febrero de 1810, atacando simultáneamente por el norte y por el sur de la actual provincia de Badajoz, pero este aspecto se aplaza para próximas ediciones de esta revista.
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BIBLIOGRAFIA

I.- FUENTES DOCUMENTALES:

-  AHN, Consejos, 11992, Expediente 43.

- AHN, Diversos-Colecciones, 152, N. 27: Informe de M. Alós.

- AHN, Estado, 28, C.

- AHN, Estado, 41, A.

- AHN, Estado, 80, D  Reconocimiento de la Junta Central por las autoridades de Llerena.

 - AM Guadalcanal, leg. 126.

- AMG, leg. 127.

- AMG, leg. 1.382. Libro de Actas Capitulares, carpeta de 1809.

- AMG, leg. 1.382, carpeta de 1813.

- AMG, leg. 1.640.

- AM. Valencia de las Torres,  leg. 91.

- AM. Valverde de Llerena, leg. 35.

 

II.- FUENTES IMPRESAS

- GUTIÉRREZ BARBA, A. Llerena y su partido en la Guerra de la Independencia, Badajoz, 2008.

- GÓMEZ VILLAFRANCA, R.  Extremadura en la Guerra de la Independencia española: memoria histórica y colección diplomática, 2 ª parte, apéndice documental, pp. 83 y 84, Badajoz, 1908.

- MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “El capitán Diego Fernández Barba, un llerenense generoso del XVII, en la Revista de Fiestas Patronales, Llerena, 1998.

- MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “Antonio Carrasco, Pilar de la Peña y la Plaza Mayor de Llerena”, en la Revista de Fiestas Patronales, Llerena, 2006.

- MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “Llerena en 1808”, en la Revista de Fiestas Patronales, Llerena, 2008.

- MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “La Guerra de la Independencia en Guadalcanal”, en Revista de Feria y Fiestas, Guadalcanal, 2008

- MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “El partido de Llerena durante la Guerra de la Independencia”, en Actas de las IX Jornadas de Historia en Llerena, Llerena 2008.


 

viernes, 5 de diciembre de 2014

LLERENA: EFECTOS DEL TERREMOTO DE LISBOA EN 1755


 


El temblor de tierra que nos ocupa tuvo lugar la mañana del día de Todos los Santos, localizándose su epicentro en el océano Atlántico, a unos 200 Km. al suroeste de cabo San Vicente. Conocidos los destrozos ocasionados, su magnitud debió estar entre 8 y 9 grados de la escala de Richter.

Los informes de la época indican que duró de tres minutos y medio a seis, según la fuente consultada, produciendo grietas gigantescas de cinco metros de ancho en el centro de ciudad de Lisboa, la más populosa y afectada de las que tenemos noticias. Cuarenta minutos después le siguieron tres tsunamis con olas de entre 6 y 20 metros que apoderaron del puerto y del casco antiguo, subiendo aguas arriba por el río Tajo.

En cuanto a las pérdidas humanas, en Lisboa, de una población de 275.000 habitantes, murieron unas 90.000 personas. Otras 10.000 perecieron en Marruecos, mientras que en Ayamonte fallecieron más de 1.000 personas, por citar algunos ejemplos.

En España, Fernando VI, una semana más tarde del triste suceso ordenó al gobernador del Supremo Consejo de Castilla la preparación de un informe sobre el terremoto. Para su confección se elaboró un cuestionario de ocho preguntas dirigidas a las personas de «mayor razón» de las capitales y pueblos de cierta importancia, con la recomendación de que contestaran lo más rápido posible para evaluar su incidencia en el reino.    

Se recibieron respuesta de 1.273 localidades, entre ellas la de Llerena, que se custodian en el Archivo Histórico Nacional. La documentación generada ha sido recopilada y publicada hace unos años por J. M. Martínez Solares en Los efectos en España del terremoto de Lisboa, Ministerio de Fomento, Madrid, 2001.

De este autor copiamos textualmente la información dada desde Llerena por don José de Tena y Cuenca, el alcalde mayor de la ciudad y su partido, el 27 de noviembre de 1755:

Ilmo Sr. (Obispo de Cartagena, persona comisionada por Fernando VII para este asunto):

En observancia de la Orden de V. I. de 8 de este mes, sobre que informe los estragos que causó el terremoto del día primero, así en esta ciudad como en los pueblos de su jurisdicción, debo informar a V. I. de lo que sigue:

Que a la hora de las nueve y tres cuartos de la mañana del referido día, estando en sus parroquias cantando la misas de tercias, sin haberse advertido señal alguna se oyó estruendo como de coches y, al mismo tiempo temblar la tierra, paredes de edificios, Iglesias y casas, tocarse por sí sólo el reloj que está en la torre de la mayor y Parroquia de Nuestra Señora Santa María de la Granada, Patrona de esta ciudad, que parecía se arruinaba todo, se acababa el mundo y perecían los fieles, mayormente cuando se vio que la dicha torre, que es fortísima y de mucha altura, ancha y muy hermosa y de las mejores de nuestra España se vencía de un lado a otro, y que el último cuerpo se precipitaba a la tierra, como la de la capilla del Señor San Juan Bautista, y otras obras, retablos y paredes.

Cada uno procuraba sólo, turbado, liberarse del riesgo, y clamar a la Divina Majestad, pidiendo misericordia, e implorando el auxilio de Nuestra Señora de la Granada. El cual terremoto duró como diez minutos

Y según informe de los prelados de los conventos se padeció la siguiente ruina: El convento de Santo Domingo, extramuros de la ciudad, se abrió la bóveda de la Capilla Mayor por cuatro partes, con diferentes rajas, los arcos torales, bóvedas, paredes colaterales, la de la fachada de la Iglesia con rajas, y esta última con dos de arriba abajo; tres paredes sentidas; está cuarteada la bóveda de la meseta de la escalera, y estalladas dos vigas y dos maderos.

El convento de San Francisco de la Regular Observancia, se halla abierta la bóveda de la Iglesia desde el testero de la puerta principal hasta el arco toral, y de allí adentro, el arco colateral de la media naranja de la Capilla Mayor, y tiene dos hiendas; y conmovidas las tijeras del temblor de las tejas; muchas paredes fuera de su lugar, y algunas sentidas con rajas; un tejado maltratado y todo el convento amenaza ruina, según informe del Guardián.

En el convento de San Sebastián, de la Orden Descalza de San Francisco se le cuarteó la bóveda de la portería; en la Iglesia, la pared maestra que cierra la media naranja se abrió por una esquina; la bóveda del coro quedó abierta por tres partes y el arco abierto por el medio y tercios. Por la parte exterior, la esquina que mira al mediodía se abrió por dos partes. La azotea, al salir del profundis, se quitó por medio, y los tejados de los desvanes quedaron maltratados y quebrado un madero. En el claustro alto, la pared correspondiente a la Iglesia se abrió por varias hiendas, y una tribuna que cae a la Capilla mayor se abrió por dos partes.

Los tres conventos relacionados están extramuros de la ciudad.

En el convento de Santa Clara de Religiosas Francisca, las bóvedas de su Iglesia se abrieron, se sintieron las paredes de adentro las más; y en la bóveda del coro se abrió una raja; en el compás, una pared; y en el dormitorio se quebraron dos maderos.
 

En el convento de monjas de Santa Isabel, de la misma Orden, se abrieron dos rajas en las bóvedas de la Iglesia y Coro alto, dos paredes del dormitorio y otros dos de los graneros se corrieron. Lo mismo le sucedió a las bóvedas de una grada alta.

Además de lo expresado se registraron en varias casas y calles de esta Ciudad diferentes paredes con hiendas, y sentidas, pero por la bondad infinita de Dios, e intercesión de la Reina de los Ángeles María Santísima de la Granada, no se experimentó muertes ni heridas de persona alguna, caída de templos, casas, ni otros edificios procedidas de dicho terremoto, atribuyéndolo con sana fe estos naturales y vecinos a milagro de la Soberana Reina, que es su asilo y protectora en todas su aflicciones.

Y, en hacimiento de gracia se celebró novenario por todas las comunidades de esta Ciudad y, en el último día, procesión general con la solemnidad mayor y en la Capilla (de San Juan Bautista) donde Su Majestad está colocado, aunque estrecha por estar su Iglesia derribada desde el año de 1746, que por falta de interés sólo se ha reedificado un tercio.

Dios guarde a V. I muchos años.

 

Al margen del informe oficial, de las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Llerena hemos entresacado otras referencias interesantes sobre el temblor, que intentamos contextualizar en el marco temporal que nos ocupa.

Llerena estaba entonces iniciando esa eterna etapa mortecina con la que se ha identificado durante algo más de dos siglos, sólo aliviada por la complacencia nada constructiva de acogerse a su histórico pasado. Acababa de salir de un concurso de acreedores sobre sus propios y rentas, justamente cuando su antigua aldea de Maguilla iniciaba los trámites de separación, llevándose consigo un extraordinario término y dejando al concejo con una deuda de 836.000 reales, cuyos réditos anuales, 25.086 reales, consumían la mayor parte del presupuesto concejil. Luchaba la ciudad por recortar la superficie del término asignado a Maguilla y por redistribuir la deuda entre ambas entidades, gastándose cuantiosa suma en pleitos perdidos.

Al margen de esta importante circunstancia, agravada por una considerable deuda con la hacienda real, en 1755 estaba la ciudad involucrada en dos costosas obras públicas: la reedificación de la mayor parte del actual templo de Santa María de la Granada (sólo se respetó el camarín, construido 50 años antes, la espléndida torre, con escasos 200 años y la soberbia capilla de San Juan Bautista) y la construcción del cuartel de caballería ubicado frente a la Puerta de Montemolín (solar hoy ocupado por el colegio público Suárez Somonte). En ambas obras, la ciudad tuvo que colaborar con importantes cantidades.

Desde luego, considerando el terremoto que nos ocupa, el derribo en 1747 de la vetusta fábrica del templo medieval dedicado a Nuestra Señora de la Granada fue providencial. Si alguien quiere ver en ello la protección de Nuestra Señora de la Granada, éste sería el caso, pues de  haber estado en pie un día tan señalado (festividad de Todos los Santos de 1755) y a la hora de misa de tercia, muchos llerenenses hubiesen sucumbidos ante el inevitable desplome de tan ruinoso templo. Sin embargo, los daños del terremoto tuvieron escasa incidencia en la ciudad, reducidos a grietas en los edificios más antiguos y esbeltos (conventos), según quedó recogido en el informe oficial que precede.
 
La reedificación del templo de la Granada avanzaba lentamente (en 1755 sólo había alcanzado un tercio de la posición de cornisas) ante la escasez de medios materiales. De ello se quejaba el maestro arquitecto de entonces, Francisco Pérez Cano, además de los alarifes mayores del concejo (Agustín de Robles e Isidro Julián Delgado) y de Rosendo Álvarez, el cantero (AMLL, Sec. AA.CC. lib. de 1751, fotograma 296 y ss. y 301 y ss. de la edición digital).

Naturalmente, el terremoto del día de Todos los Santos tuvo repercusión en el Ayuntamiento, cuyos capitulares, en la sesión del 7 de noviembre siguiente, tomaron razón del mismo (AMLL, Sec. AA.CC., lib. de 1755, fol. 78, fot. 155). En concreto, recogieron en el acta de la sesión citada un recado del Sr. Provisor, por el que invitaba al cabildo concejil a una misa cantada a celebrar al día siguiente en la capilla de San Juan Bautista. Con este acto se pretendía dar gracias a Dios Nuestro Señor y a la Reina de los Ángeles, María Santísima Madre de Dios y Señora Nuestra de la Granada, por haber librado a la ciudad y a sus vecinos de los estragos del terremoto o temblor de tierra acaecido el pasado día de Todos los Santos, a las diez de la mañana, en misa de tercias. Visto el recado, el cabildo acordó asistir a la citada misa cantada, con el protocolo y preeminencias correspondientes.

Días después, el 12 de noviembre fue el cabildo concejil, reunidos en sesión capitular (AMLL. Sec. AA.CC., lib. de 1755, fol. 80, fot. 163), la institución que propuso continuar con la acción de gracias, proponiendo la celebración de una misa cantada y procesión general de Nuestra Señora de la Granada, a celebrar la tarde del 16. Para ello, enviaron comisiones con la finalidad de invitar a las comunidades eclesiásticas asentadas en la ciudad, como solía ser perceptivo, en una ciudad con tanto refinamiento protocolario.

El 3 de diciembre inmediato, nuevamente encontramos referencias sobre el terremoto en las actas capitulares, en esta ocasión a instancia de las tres comunidades de señores sacerdotes asentadas en la ciudad (la de la Granada, la del Sr. Santiago y la de San Juan Bautista), que fueron recibidas en el Ayuntamiento con el protocolo establecido. Allí, dentro de la sala capitular, las comunidades citadas propusieron al cabildo concejil la conveniencia de celebrar todos los años en el día de Todos los Santos una misa cantada en agradecimiento a Dios y a su Santísima Madre, Nuestra Señora de la Granada, por cuya intercesión se libró la ciudad de los estragos del terremoto; es decir, otra fiesta votiva de las muchas existentes en el calendarios festivo y religioso de la ciudad. Oída la propuesta, el cabildo concejil se sumó a la iniciativa, tomando nota de ello en el Libro de Razón correspondiente, para que de ello quedara constancia en futuras generaciones.

 

 

 

 

martes, 23 de septiembre de 2014

FIESTA REAL DE TOROS EN LLERENA


 

La afición taurina en Llerena siempre ha estado presente entre sus naturales. Durante el Antiguo Régimen (desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la muerte de Fernando VII) ya se prodigaban estos festejos, adaptados en cada momento al gusto o estilo de la época y generalmente puestos en escena por el día del Corpus, el de Santiago y el de Santa María de la Granada. También se recurría a este tipo de festejos, a modo de acción de gracia, cuando la divinidad tenía a bien mandar que cesaran las inclemencias meteorológicas que arrasaban los campos, cortar con algún episodio de peste o  beneficiar a la familia real con el nacimiento o boda de algún príncipe, así como para celebrar la victoria en algún hecho de armas.  

Escasas son las noticias que nos han llegado sobre estos festejos correspondientes al siglo XVI; de este siglo sólo tenemos constatadas noticias de la gran afición a la tauromaquia del llerenense  don Luis Zapata, devoción compartida con la del arte de cetrería, de la escritura y la del buen vivir, que en conjunto le llevaron a la ruina y encarcelamiento durante veinticinco años en una de las torres de Valencia de las Torres, a cuenta de sus deudas. En su Miscelánea o Varia Historia, dedica la nº 151 a toros y toreros, narrando alguno de los episodios de los que fue testigo:

Más aunque fue lastimoso, caso el de Don Diego de Toledo, hermano natural del duque de Alba, que quiero aquí contarlo, si bien en algún otro lugar dije alguna cosa de él. Era el tal un caballero mozo, muy gentil hombre y muy señalado, el cual, andando a los toros en Alba, con un garrachón, a las alegrías del casamiento del duque, su hermano, pasó a uno el hierro en la frente, que no acertó a descogotarle; dio un rebufo el toro en alto, revuelve el garrachón, y escurre por su misma mano y dale con el cabo en un ojo, y pasasele, y la cabeza y sesos, y sálese envuelto en ellos por la otra parte, y al caer muerto se le quebraron dos costillas. ¡Quién creyera que con sus mismas armas se había de matar por sus manos, y que su ojo mismo diera puerta y paso a tanto daño!

Por lo contrario, copiosas son las referencias sobre estas celebraciones recogidas en los fondos documentales custodiados en el Archivo Municipal de Llerena correspondientes a los siglos XVII y XVIII, encontrando puntuales datos en los libros de Actas Capitulares, en los de Comisiones de Regidores o en los de Cuentas de Propio. En todo caso, se tratan de noticias deshilvanadas, que sólo sirven para constatar el hecho y la frecuencia del mismo. Me refiero al acuerdo capitular para celebrarlas, al nombramiento de comisarios entre los regidores, las gestiones realizadas por éstos (búsqueda de toros y lidiadores, acomodación de la Plaza Pública como coso taurino…) o la pertinente autorización para la libranza del dinero preciso, dado que el espectáculo era gratuito, corriendo sus gastos a cuenta de las arcas concejiles. Lean, por ejemplo, la anotación recogida en el libro de acta capitulares, en la sesión correspondiente al 21 de junio de 1655, fol. 55:

Que para que se celebre la fiesta del Apóstol Santiago, patrono de España (…) la vispera de su fiesta en este año hagan poner fuegos y luminarias en la plaza desta ziudad y casa de ayuntamiento; y asimismo hagan poner una piedra con su argolla de hierro en medio de la plaza donde se puedan atar los toros y novillos ensogados que se lidiaren en esta y otras fiestas…

De entre los documentos locales citados, los Libros de Razón constituyen la fuente más apropiada para recoger noticias sobre estos eventos, remitiendo especialmente al Libro de Razón de 1667 (AMLl, leg. 565, carp. 40), dónde el escribano Cristóbal de Aguilar certifica textualmente lo que sigue:

Quando la ziudad (el cabildo concejil) acuerda se hagan fiestas Reales de toros, que unas veces an sido en la octaba de la asunzión de nuestra señora, cuya santísima ymaxen con advocación de la Granada está en la Iglesia Mayor desta ciudad, y otras por alguna victoria de las armas de su majestad, (…) el mismo día del acuerdo, o poco después, nombra la ziudad dos rexidores que van a convidar…

Sigue el texto, recogiendo la distribución de arcos y ventanas entre las distintas autoridades locales para asistir en palcos preferentes al espectáculo, así como su ornamentación:

…Y de los veinte arcos que están en los corredores de la Iglesia, tienen atajado los siete primeros con tablas el Tribunal del Santo Oficio y el que sigue, que es el octabo se le da al Sr. Provisor y el nobeno al cura más antiguo de dicha Iglesia Mayor, y el décimo al más moderno, y el 11 al cura de Santiago sin que adquiera posesión (es decir, por cortesía), y del 12 hasta el 18 se dan a los rexidores por sus antigüedades, y el 19 y 20, que son los postreros de dichos corredores altos, se dejan para los clérigos de dicha Iglesia mayor. Y de las siete ventanas que tiene la ziudad en sus casas, junto a la del cabildo, en que vive el relojero, se dan las que faltan para acabar de colocar a los rexidores (…) y unos y otros se adornan con colgaduras de seda y en una ni otra parte no se pone dosel con texadillo, que nunca a sido costumbre ni tal consta en semejantes ocasiones; y sólo se pone desde los pretiles de dichos arcos a la plaza la Inquisición su paño de terciopelo y la ciudad el suyo con las armas reales y de la ciudad (...) Después de sentados la Inquisición y la Ciudad (el cabildo concejil, encabezado por el gobernador) en la parte y forma que va declarada, envía la Ciudad desde sus corredores a los de donde asiste el Santo Tribunal una carga de garrochas empuyadas de las mejores que ay, y la recibe el Tribunal y da las gracias de la atención a la ciudad…

También recoge la invitación y distribución de bebidas y viandas entre las autoridades y sus invitados:

…En las dichas fiestas, abiendose de dar propina entera de colación, se compone de diferentes géneros y en la cantidad de nuebe libras la del Sr. Gobernador, y de cinco libras y media la del Sr. Alcalde Mayor y señores rexidores (cada uno); y de cuatro libras la del mayordomo (el de las cuentas del concejo) ; y de dos libras y media la de los alcaldes de la Hermandad, abogado, capellán de la ziudad, fiscal, contador y escribano de cabildo; y al  receptor de alcabalas de Llerena, al de yerbas, médico asalariado, al del pósito, dos libras a cada uno; y al alguacil mayor, si tiene asiento, dos libras; y de libra y media a cada procurador; y cada portero y ministriles a libra. Y además destas propinas, que se envían a casa de los dichos señores gobernador y los demás, la tarde de las fiestas, cuando parece ora, se sacan para la ziudad en sus asientos fuentes de colaciones y bebidas que están prevenidas conforme al tiempo; y se envían una o dos fuentes de colación desde a donde está la ziudad al balcón donde está la Sra. Gobernadora, con dos criados, un alguacil y un portero…  



          Como se aprecia, la artística y coqueta Plaza Pública servía en aquella época para acoger los festejos taurinos, permaneciendo en este uso hasta poco después de finalizada la Guerra de la Independencia, fechas en las que debió aparecer el coso taurino de Puerta Aurora.

Este último coso y sus festejos, según distintas referencias tomadas de las hemerotecas digitales, tuvo una extraordinaria importancia en su tiempo, si bien su fábrica estaba ya maltrecha y anticuada a principios del XX, quedando prácticamente sin actividad en su cuarta década, demoliéndose por entonces. En las citadas hemerotecas hemos localizado multitud de referencias sobre los distintos eventos taurinos en él celebrados, con protagonismo obligatorio en las fiestas de Agosto y en la feria de San Mateos, hoy de San  Miguel (más información en llerenaeneltintero.blogspot.com). Especialmente nos hemos detenido en consultar algunas de las críticas taurinas, entre las cuales se ha escogido la correspondiente a la novillada celebrada el 10 de agosto de 1912, festejo en el que participaba como revulsivo el diestro Joaquín Fernández, alias Carrachito de Casas de Reina, novillero habitual en muchos de los eventos celebrados entre la primera y segunda década del novecientos.


Hoy, después de casi un siglo de ausencia de estos espectáculos, una nueva hornada de aficionado a la tauromaquia parece haberse instalado en Llerena, seguramente al socaire de la presencia de ganadería de reses bravas en la finca de Buenvecino, propiedad del popular matado Francisco Rivera Ordoñez, y en la denominada del cercado de Jubreçelada, esta última perteneciente al hierro de  Navalrrosal.


La proximidad de estos cornúpetas en los citados pastizales parece haber despertado el interés por el arte del Cuchares, surgiendo entre los naturales de Llerena tres toreros, que sortean como pueden las dificultades para hacerse con un sitio en este mundo tan competitivo de la tauromaquia. Nos referimos al matador Tomás Campos, y a los novilleros Jesús Díez y Tomás Angulo, a quienes saludamos desde este blogs, deseándoles éxitos y, sobretodo, larga vida.


Se completa el panorama taurino de Llerena con la reciente inauguración del pabellón multiuso, que, como tal, se ha acomodado a plaza de toros.


Hemos de felicitarnos por la inauguración del citado auditorio, con el deseo de que irrumpa con éxito en este mundo olvidado de la CULTURA, EN TODAS SUS MANIFESTACIONES, enriqueciendo espiritualmente a los llerenenses y comarcanos, en estos tiempos dominados por tendencias mercantilistas y populistas.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LOS ALUMBRADOS DE LLERENA: ¿MITO O REALIDAD?

(Art. publicado en la Revista, Llerena, 2014)
 






En LLORENTE, J. A.  Historia crítica de la inquisición española. Madrid, 1822.

El Auto de Fe celebrado el 14 de junio de 1579, domingo de la Santísima Trinidad, ha pasado a los anales de la Historia de Llerena estigmatizándola para siempre. Desde entonces, en cualquier referencia histórica que nos encontremos sobre la ciudad, inmediatamente sale a relucir este tenebroso y manido asunto, eclipsando otros aspectos importantes de su Historia.

 Por ello, en las líneas que siguen defendemos que el citado Auto resultó ser una auténtica farsa, un montaje más del “Santo” Tribunal y del poder establecido en pleno concilio contrarreformista de Trento, que con estos infundios y propaganda pretendía afianzar las bases que sostenían el statu quo, instrumentalizando oportunamente esta situación para defender y reforzar el principio del celibato y la castidad clerical, oponiéndose así a las teorías reformistas luteranas.

Es probable que la opinión vertida resulte ligera o temeraria a primera vista, sobre todo si consideramos las que sobre el Auto en cuestión han emitido importantes e ilustres escritores. Me refiero al dominico fray Alonso de la Fuente, a Barrantes Moreno, a Menéndez Pelayo, a Gregorio Marañón, a Álvaro Huerga… De ellos, sólo fray Alonso fue testigo de cargo y juez en los hechos que aquí se analizan, participando activamente en el descubrimiento y persecución de lo que él entendía como alumbrados y beatas. El resto de los autores señalados contemplaron estos acontecimientos desde la distancia del tiempo, siendo el estudio del dominico Álvaro Huerga uno de los más recientes y profundo. Con este último compartimos su crítica sobre las ligeras y anecdóticas interpretaciones que del Auto en cuestión defendieron Barrantes, Menéndez Pelayo o Gregorio Marañón, por citar a los más conocidos. Por lo demás, estimamos que Huerga parece manifestar una excesiva simpatía por la obra y persona de fray Alonso, su hermano de hábito.

Con independencia de las opiniones de tan importantes personajes, si analizamos con detenimiento la documentación original (el Memorial que fray Alonso remitió a Felipe II en diciembre de 1575 y los documentos originales recogidos sobre el Auto), hemos de considerar como excéntrica, por exagerada, la postura de fray Alonso en su continua y obstinada persecución de alumbrados, involucrando en la pretendida secta herética a todos aquellos que no comulgaban con su excesiva ortodoxia. Fruto de esta pertinaz obsesión, señaló como alumbrados a fray Luis de Granada, su hermano de hábito, y a Teresa de Jesús, Juan de Rivera y Juan de Ávila, posteriormente elevados a los altares; es decir, implicaba a lo más florido de la mística española de la época, borrada en la actualidad de los currículos del bachillerato, adelantándose nuestro fraile a los responsables de la política educativa en vigor.

Y ésta es la tesis que se pretende defender, considerando que para el montaje de la farsa aludida surgió la ocasión de elegir a Llerena, porque circunstancias fortuitas propiciaron la presencia en la entonces villa maestral del descentrado, obsesivo y vanidoso (no ocultaba su pretensión de alcanzar la santidad) Alonso de Fuente, instrumentalizando el poder establecido sus desvaríos para dicho montaje, pese a tener en contra la opinión de los que entonces administraban el tribunal inquisitorial de Llerena, a quienes el dominico consideraba como ancianos achacosos, que  entendían muy poco sobre cuestiones teológicas. Respondía así nuestro fraile a la recomendación que los inquisidores le hicieron, sugiriéndoles que no se excediese en su celo teológico y guardara la prudencia conveniente.

Tampoco contó fray Alonso con la anuencia de las autoridades religiosas y santiaguistas del priorato de San Marcos de León, quienes también le recomendaron moderación en su insistente ortodoxia. No obstante, el dominico consiguió el respaldo del Consejo Supremo de la Inquisición, tomando en Madrid la decisión de sustituir a los inquisidores llerenenses por otros más acomodados a sus tesis.

Centrándonos en la cuestión, la farsa sobre los alumbrados de Llerena, la lectura pormenorizada de los textos originales (los memoriales de la época, el edicto del Auto, las acusaciones públicas y las sentencias contenidas en el Códice Salmantino publicado por Barrantes Moreno) nos conducen a establecer dos importantes conclusiones:

-         Que ninguno de los sentenciados y penitenciados en el Auto de 1579 era vecino de Llerena, como ya defendía Huerga. Por lo tanto, nada de alumbrados DE Llerena; como mucho, EN Llerena

-         Que en la documentación manejada no quedó demostrado que los sentenciados perteneciesen a la denominada secta de los alumbrados, pese a ser acusados como tales; es más, ni siquiera pudieron demostrar la existencia de tal secta. Simplemente se trataba de juzgar inquisitorialmente a clérigos disconformes con el rigor del voto de castidad asumido, en connivencia con ciertas mujeres propensas a la promiscuidad. En definitiva, ninguno de los penitenciados y sentenciados en el auto respondía al perfil de alumbrados, tratándose de simples clérigos y beatas con una interpretación relajada del celibato  y de la castidad.


Sobre la primera de las conclusiones -aunque su continua y oportunista alusión pretenda lo contrario, elevándola a la categoría de hecho cierto-, la documentación original demuestra que ninguno de los alumbrados juzgados y sentenciados era vecino de Llerena, como así lo estima y defiende Álvaro Huelga. Por lo tanto, ya es hora de derribar el mito que Barrantes propagó en su, por otros conceptos, valioso Aparato bibliográfico para la historia de Extremadura (Madrid, 1875), contagiando y confundiendo a posteriores investigadores y lectores.

Tampoco ayudo mucho Menéndez Pelayo en el esclarecimiento de los hechos, al centrar en Llerena el foco de inmoralidad y herejía que nos ocupa, insistiendo en el también falso y tópico argumento de que la yerma Extremadura resultaba terreno abonado para que la secta hiciera estragos entre sus naturales, al escasear los hombres que generosamente había aportado a la conquista y colonización americana, dejando desasistidas sexualmente a sus mujeres.


D. Gregorio Marañón, en su Don Juan, aprovecha oportunistamente el mito que nos ocupa, recogiendo lo más superficial de este Auto, es decir, el aspecto que mejor encajaba en sus tesis sobre clérigos donjuanistas. Después de algunas consideraciones previas, calificando al alumbradismo como un misticismo de torpe calidad, degenerado y grosero, aborda el tema de lo que él también llamaba alumbrados de Llerena, siguiendo las pautas marcadas por Barrantes Maldonado y Menéndez Pelayo. Textualmente:

        En esta ciudad extremeña (Llerena), casi despoblada de sus mejores hijos, que corrían a las Américas en busca de oro y de gloria, y habitada en gran parte por gente de aluvión, moriscos conversos y judaizantes, apareció una epidemia de alumbradismo que alcanzó a gran número de mujeres, transformadas por varios clérigos desaprensivos. Pasaban los infelices del éxtasis del quietismo místico al directamente sexual con fanático fervor (...) Derretíanse en amor de Dios; pero el derretimiento ocurría en brazos de sus predicadores, hasta que, al fin, el hecho fue denunciado por el Padre La Fuente y la llama apagada con rápida severidad por la Inquisición…


Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Es cierto que un buen número de llerenenses emigraron a Indias durante el XVI, pero también le siguieron en esta aventura algunas de sus mujeres e hijas, al margen de que el fenómeno emigratorio fue común a otras zonas peninsulares. Por lo demás, resulta infundado hablar de Extremadura como una tierra yerma y pobre desde el punto de vista edáfico; para ello, en aquella sociedad, básicamente centrada en las producciones agropecuarias, está más que constatada la feracidad de las Vegas del Guadiana, de la ubérrima Tierra de Barros y de sus otras campiñas, o los finos pastos de la Serena y demás dehesas dispersas por su territorio. Por ello, desde aquí se defiende que la emigración de los extremeños a las Indias hemos de encuadrarla en términos épicos y aventureros, y no de huida forzada por hambrunas y miserias (que, en este supuesto, tampoco restaría un ápice a su heroicidad), máxime si consideramos el hecho cierto de que una buena parte del territorio extremeño pertenecía al señorío de las Órdenes Militares de Santiago y Alcántara, bajo cuyo marco jurisdiccional sus vasallos todavía vivían con cierta comodidad y dignidad, con niveles de vida generalmente superior al de los vasallos pertenecientes a otros señoríos, o a los encuadrados en el realengo.


Sobre la segunda de las conclusiones, la razonable duda de la presencia de alumbrados en el Auto celebrado el 14 de junio de 1579, basta igualmente una lectura pormenorizada de la documentación original. Así lo estimaban los inquisidores que regían el tribunal antes de la irrupción en Llerena de fray Alonso de la Fuente. En efecto, analizando las sentencias del Auto, observamos que de los 19 penitenciados y sentenciados como alumbrados (10 clérigos y 9 beatas), uno de ellos (Chamizo) ya había sufrido un proceso inquisitorial previo, donde su caso fue tratado como el de un simple clérigo disconforme con los rigores del celibato, que lo transgredía con frecuencia.

También las autoridades eclesiásticas del priorato de San Marcos de León (con sede extraoficial en Llerena y con jurisdicción en unos 10.000 km2 del territorio de la actual Extremadura) negaban la existencia en su territorio del foco alumbradista que señalaba fray Alonso. Sí eran conscientes de que algunos de sus clérigos soportaban con dificultad las exigencias del celibato, tratando estos casos en el juzgado eclesiástico con cierta tibieza y compresión, pues asumían la dificultad que entrañaba mantenerlo; es decir, comprendían el conflicto que implicaba poner freno a la natural expresión de las hormonas con las que las leyes de la evolución habían favorecido a las grupos de seres vivos más evolucionados, por encima de las corrientes filosóficas en vigor y de las posibles y oportunistas acomodaciones de los principios teológicos. Por esta circunstancia, como se puede deducir consultando multitud de expedientes custodiados en los archivos diocesanos, los tribunales religiosos trataban con cierta tolerancia estos desaforos hormonales, incluido el pecado nefando, penando con severidad otros comportamientos aparentemente menos escandalosos. Siguiendo esta pauta, y en defensa de sus competencias jurisdiccionales, las autoridades religiosas santiaguistas del priorato recomendarían al tribunal inquisitorial de Llerena (acomodados ahora a las exigencias de fray Alonso, tras la sustitución de los ancianos y achacosos inquisidores llerenenses que se encontró cuando irrumpió con sus desaforada ortodoxia en la ciudad) sobre la conveniencia de no interferir en los asuntos santiaguistas. En concreto, el prior de turno tomó la determinación de recomendar a fray Alonso que se abstuviese de intervenir en el territorio de su jurisdicción, logrando su expulsión posteriormente. Y debió surtir efecto esta postura del prior, pues sólo uno de los diez clérigos sentenciados como alumbradista en el Auto pertenecía a la Orden de Santiago, concretamente un clérigo asentado en Villafranca de los Barros.

Al margen de la determinación anterior, la Orden de Santiago aprovechó la visita de 1575 para apaciguar los ánimos de fray Alonso, poniendo ciertas trabas a la incontinencia sexual de sus clérigos. Para ello incluyó entre los mandatos de obligado cumplimiento dos decisiones al respecto. La primera de ellas trataba de poner fin a los saraos que clérigos y fieles montaban en torno a ciertas romerías y fiestas campestres:


        Por cuanto santa y cristianamente está ya en la Iglesia de Dios ordenado que las juntas y romerías de noche cesen que el vulgo llama veladas, cesen por no ser ya devociones las tales juntas y romerías por la corruptela del linaje humano, sino chocarrerías grandes y deshonestidades feas, dijeron que mandaban y mandaron que (el cura o mayordomo) que al presente es de la (iglesia, ermita, cofradía, etc.) y al que después le sucediere, que de aquí en adelante, en todo tiempo haga cerrar y cierre las puertas en poniéndose el sol y no se abra hasta que llegue el día claro, de tal manera que persona alguna, mujer ni hombre, pueda entrar en la dicha ermita en poniéndose el sol con ocasión de rezar o de qualquier otra ocasión. Especialmente tengan el dicho cuidado en los días de fiestas (…) lo cual se cumpla, so pena de veinte ducados, la cuarta parte para los gastos del Capítulo General de la Orden y las tres cuartas partes para la guerra que Su Majestad hace contra los infieles.


        La otra, se refería a la administración del sacramento de la confesión, cauce habitual para la propagación de los principios alumbradistas, según entendía fray Alonso. Por ello, en todas las parroquias y establecimientos religiosos sometidos a la jurisdicción santiaguista dejaron registrado en sus respectivos libros el siguiente mandato:


        De la visita que se ha hecho en la villa de (…) de la vida y costumbre de los sacerdotes, resulta y conviene poner remedio en el administrar de los sacramentos para que se trate con aquella limpieza que conviene, pues por nuestros pecados son de los enemigos de la Santa Madre Iglesia tan menospreciados y en poco temidos por ser como son el amparo nuestro y causa verdadera de nuestra salvación. Los dichos visitadores ordenaron y mandaron  que de aquí adelante ningún sacerdote confiese a persona alguna fuera de las dichas iglesias y ninguno sea tan atrevido que ninguno confiese a persona alguna en su propia casa del penitente, teniendo salud, o en ermitas u hospitales, so pena de un año de destierro de la provincia y de veinte ducados para las obras pías (...); y mandaron, en virtud de santa obediencia, que si supieren que algún sacerdote hubiere cedido en lo suso dicho (...) den noticias en la audiencia prioral para que en ella le sea ejecutada la pena (...); y mandaron que ningún sacerdote confiese enfermos sin licencia expresa del cura parroquiano, pues se presume que en tal tiempo la confesión del propio pastor como de aquel que mejor conoce la enfermedad de sus propias ovejas ... 


        De esta manera, la Orden de Santiago pretendía desactivar el principal argumento de fray Alonso, impidiendo que los pastores del púlpito se transformasen en lobos dentro del claustro secreto y coercitivo del confesionario, solicitando favores sexuales.


Aparte los argumentos anteriores, disponemos de otros para desmontar el mito que nos ocupa. Me refiero a la clara desconexión entre los clérigos implicados, que rebate la pretendida asociación sectaria para propagar sus principios, siguiendo siempre la referencia de la documentación original. A ello habría que añadir el hecho cierto de la dudosa reputación de las denominadas beatas presentadas en el Auto, confirmando en sus respectivas sentencias que mayoritariamente se trataban de mujeres asentadas por oficio en algunos de los muchos prostíbulos de la zona.

En efecto, sobre el origen de los 10 clérigos sentenciados como alumbradistas, tres pertenecían al estamento clerical de Zafra y cada uno de los otros al de Bancarrota, Almendral, Cazalla, la Morera, Fregenal, un fraile sin localización geográfica conocida y, el último, un clérigo de Villafranca, el único santiaguista sentenciado como solicitante. Por lo tanto, si existió alguna conexión secreta y sectaria entre los citados, tendríamos que hablar de los alumbrados de Zafra, tesis que también pierde fuerza al analizar el origen y vida de las nueve alumbradas presentadas en el Auto, cinco de ellas concentradas en un simple prostíbulo de la citada villa ducal, con las que, entendemos, se aliviarían los clérigos de Zafra sin necesidad de seducirlas en el confesionario. Dos de las otras cuatro beatas estaban avecindadas en la Fuente del Maestre (pueblo natal de fray Alonso, a donde, por cuestiones familiares, solía acudir con frecuencia), una en Bancarrota (con su clérigo solicitante asociado, también sentenciado) y la otra en Almendral (también se sentencio en este Auto a un clérigo de esta vecindad).

        Cerramos ya la exposición, recogiendo ciertas incidencias reseñables y relacionadas con el Auto. La primera se refiere al hecho de que tres sospechosos de alumbradismo fueron excluidos del proceso y escarnio público, sufriendo un proceso privado y secreto, del que no tenemos noticias al respecto. Se sabe que una de ellas era Leonor Sánchez, una joven llerenense a quien, seguramente, el clérigo local que la “sedujo” seguiría el Auto desde la privilegiada situación de uno de los palcos de la Plaza Pública, asistiendo con descaro al macabro espectáculo.

        Otra incidencia se refiere a la muerte en extrañas circunstancias de don Francisco de Soto y Salazar, obispo de Salamanca y delegado extraordinario en Llerena del Consejo Supremo de la Inquisición. Oficialmente murió por causa natural, aunque circulaba el rumor de un posible envenenamiento…

        Por último, es preciso considerar que otros tres presuntos alumbradistas murieron durante el interrogatorio y prisión previa al Auto. Entre ellos estaba el clérigo Gaspar Sánchez, precisamente de Fuente del Maestre. Sobre el clérigo en cuestión, Huerga, en su biografía sobre fray Alonso, relata lo que sigue:

El primer contacto directo (de fray Alonso) con los alumbradistas fue impensado e inesperado. Tuvo lugar en su propio pueblo, en diciembre de 1570. Allí conoció al clérigo Gaspar Sánchez, quien, según escribió el propio fray Alonso (…) tenía grande opinión de santidad y buena vida, confesaba permanentemente a ciertas beatas y predicaba muy a menudo (...) Tras intimidar con el citado Gaspar Sánchez y sus beatas, pronto detectó la malicia del clérigo y la pobreza espiritual de estas mujeres, aunque decidió no tomar ninguna determinación al respecto (…) Viendo que el asunto era grave, no se dio tregua en averiguar sus causas y combatirlas, siendo éste el tema obsesivo de sus sermones, especialmente cuando, en la primavera de 1571 y de vuelta a su pueblo natal, se encontró con el enemigo en casa, representado por dos de sus sobrinas, que habían sucumbido a las insinuaciones del clérigo Gaspar Sánchez (…) Sentí -decía nuestro fraile- una ilustración tan poderosa de los misterios de esta secta y de las maldades que en ellos se encierran, que apenas lo podré significar: Parecíame que visiblemente veía a los demonios en los dichos efectos y que los autores eran azotes crueles de la Santa Madre Iglesia y que todos los maestros de esta maldad eran ministros del Anticristo...

 
De Gaspar Sánchez, seguramente como gesto o concesión a fray Alonso, también se desentendieron las autoridades religiosas santiaguista. En cuanto a las seducidas sobrinas del fraile, nada sabemos…

Como conclusión: error histórico al hablar de alumbrados DE Llerena, y dudas fundadas sobre la pertenencia a esta secta de los sentenciados en el Auto Público de Fe celebrado EN su Plaza Pública, el 14 de junio de 1579, domingo de la Santísima Trinidad.

Llega el tiempo, siendo consecuente con la postura defendida, de derribar mitos y tópicos sobre el Auto en cuestión, en lugar de banalizar sobre el dolor infringido por la intolerancia de aquellos tiempos. Es preciso, por lo tanto, investigar y aprender sobre lo realmente ocurrido, poniendo los medios precisos para erradicar la intolerancia.

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BIBLIOGRAFÍA:

ASTRAÍN, A. Historia de la Compañía de Jesús en la asistencia de España. Madrid, 1909.

BARRANTES MORENO, V. Aparato bibliográfico para la Historia de Extremadura. Madrid, 1875.

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