sábado, 21 de febrero de 2009

LA BATALLA DE CANTALGALLO (11/08/1810)




(Artículo publicado en la Revista de San Antonio y Santa Marta, Trasierra, Juni0 de 2008)

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La acción que nos ocupa (11/08/1810) se enmarca dentro de la Guerra de la Independencia (1808-14), más concretamente como uno de los numerosos episodios que se desarrollaron por el control del camino o vía de la Plata y de las zonas cerealistas del sur de Extremadura.

La guerra que nos ocupa fue inicialmente un movimiento patriótico y popular, por encima y en contra de la opinión de la jerarquía que oficialmente sustituía a Fernando VII, secuestrado por Napoleón en Bayona (Francia). Se inició cuando, tras el tratado de Fontainebleau en1807 (por el que franceses y españoles acordaron invadir Portugal para repartírselo), dentro de la Península existía un contingente del ejército francés de más de 100.000 soldados perfectamente adiestrados y pertrechados.

Finalizó en 1814. Sin embargo, para la expulsión de los franceses del territorio nacional fue necesaria la colaboración del ejército anglo-portugués, de inestimable ayuda, y de fomentar y desarrollar la imprescindible táctica y acción de patriotas guerrilleros; es decir, se consiguió la liberación gracias a la imprescindible colaboración del pueblo español, su ejército, la ayuda anglo-portugués y la sorprendente y eficaz acción de la guerrilla.

Durante su desarrollo asistimos a diversas etapas: una primera, de relativo éxito español tras la victoria en Bailen (19/07/1808), que obligó a los franceses a replegarse hacia los Pirineos, donde se hicieron fuertes y consiguieron reorganizarse. Después, tras la victoria de Napoleón en los alrededores de Burgos (Noviembre de 1808), asistimos a un paseo triunfal de los invasores hasta principios de 1812, fecha a partir de la cual empezó a declinarse la balanza en favor de los intereses españoles.

Pues bien, en este marco, concretamente durante el período de máxima expansión y control de la Península por los franceses, hemos de situar la batalla de Cantalgallo o Cantagallo (que de ambas formas se encuentra escrita), acción que tuvo lugar en este paraje, el 11 de Agosto de 1810, en las proximidades del camino entre Llerena y Bienvenida. Ocho meses atrás, los franceses, que ya dominaban prácticamente el norte peninsular, se apoderaron en menos de un mes de la práctica totalidad del Levante español y toda Andalucía, salvo el fortín gaditano, único enclave que nunca llegaron a conquistar. Concretamente, se personaron en Sevilla el primero de Febrero de 1810, forzando la retirada a Cádiz de la Junta Central Suprema de Gobernación del Reino, institución que representaba y actuaba en nombre de Fernando VII, retenido en Francia por Napoleón.

No se conformaron los franceses con Sevilla, pues prácticamente al día siguiente pusieron sus ojos en dos objetivos: Cádiz y las ricas zonas cerealistas del sur de Extremadura, ésta última intervención como paso previo para preparar el asalto a la plaza fortificada de Badajoz. Por ello, la zona central y sur de la actual provincia de Badajoz se convirtió durante la primavera y verano de 1810 en un espacio de múltiples escaramuzas entre el ejército nacional de la izquierda, bajo el mando del marqués de la Romana y apoyado por distintas partidas de guerrilleros, y la vanguardia del ejército francés del mediodía, bajo el mando supremo del mayor general Soult y dos de sus ayudantes, los generales Mortier y Girard.

Y en este juego de fuerzas, el marqués de la Romana creyó oportuno encaminarse hacia Sevilla con la intención de liberarla, pues se sabía que los efectivos franceses de la capital hispalense en aquellos momentos eran escasos, tras desviar un elevado contingente de tropas al “sitio de Cádiz” y otro hacia Andalucía Oriental, donde los naturales no cesaban de amotinarse. Con este objetivo, el marqués, desde Badajoz, determinó a primero de Agosto de 1810 convocar en Zafra a la mayor parte del ejército de la izquierda e iniciar desde dicha posición la aproximación a Sevilla, conjuntamente con las divisiones de los generales Ballesteros, Martín de la Carrera, Imaz y Mendizábal; en total, un contingente que debía ser superior a los 12.000 efectivos entre artilleros y soldados de a pie y a caballo, además del refuerzo prometido de parte de la caballería portuguesa, que no llegó a concretarse.

 

Pero las maniobras e intenciones del citado general en jefe no pasaron desapercibida para el sistema de información francés pues, nada más salir de Badajoz, los soldados franceses que andaban por esa época veraniega haciendo acopio de cereales en Tierra de Barros y en la zona de la Campiña  y Sierra Sur, la abandonaron y se acantonaron en Llerena para defenderse de los ejércitos españoles, junto a nuevos contingentes llegados desde Fregenal y otras zonas próximas de Andalucía. En total, según estimaciones de los informadores españoles, entre siete y once mil soldados franceses de todas las armas, contingente enemigo que, al ser inferior a la de los efectivos españoles, se estimaba accesible para los intereses españoles.

El día 10 de Agosto se reunieron las fuerzas españolas en Zafra. Esa misma tarde el marqués de la Romana mandó en vanguardia a las divisiones de los generales Ballesteros y Martín de la Carrera camino de Bienvenida y hacia Llerena, para valorar las fuerzas y posiciones del enemigo, siempre, según expresas instrucciones del marqués, a la espera de la retaguardia que él mismo dirigía. Inmediatamente detrás salió la caballería comandada por el general Mendizábal, seguida de la división del general en jefe, haciendo tiempo para que llegara la caballería prometida del ejército portugués, que no se presentó hasta que la batalla ya estaba concluida.

Siguiendo con los acontecimientos, con las claras del día once y a la altura de Cantalgallo, las divisiones de vanguardia españolas observaron sorprendidos cómo los franceses se les habían adelantado, ocupando estratégicamente las lomas de Cantalgallo, desde donde controlaban cómodamente por la derecha el acceso a Llerena desde Bienvenida, camino por donde circulaban las divisiones españolas.  

Y en esta situación de inferioridad posicional se entabló la batalla durante tres horas escasas, con bajas y acciones heroicas sin reserva por ambos bandos. Al principio, según informes posteriores de los generales Ballesteros y Martín de la Carrera, la victoria parecía decantarse a favor de los españoles quienes, envalentonados, forzaron al enemigo a salir de sus parapetos a golpe de bayonetas, actuando incluso con la pendiente adversa y despreciando el fuego intenso. Después el enemigo se recompuso, y avanzando ordenadamente hizo retroceder a los españoles, arrinconándolos contra el arroyo previo a la cima que daba vistas a Montemolín, hacia donde escaparon tras sufrir numerosas bajas.

Esta última parte de la acción ya fue observada por la retaguardia dirigida por el Marqués de la Romana, que llegaba al escenario de la batalla entre las 9 y 10 de la mañana. Inmediatamente, viéndose en inferioridad, decidió dar la acción por fracasada, retirándose como pudo hacia el cuartel general de Salvatierra. En esta última villa, el 15 de Agosto emitió un informe de la batalla dirigido a don Eusebio de Bardaxi y Arara, exponiendo su opinión de la batalla, que en absoluto consideraba como perdida. No obstante, obviando el informe que previamente había recibido de los generales Ballesteros y Martín de la Carrera, se lamentaba de la actuación de estos dos generales y de sus oficiales, sin inculpar ni cuestionar el ardor guerrero de la tropa, a la que defendía en su informe. Y les recriminaba porque sus órdenes siempre fueron “que no empeñasen acción alguna, pues la intención no era más que reconocer al enemigo y disponerme para atacarle con todas las fuerzas reunidas”, es decir, hasta que él llegara. No obstante, desconocemos si como atenuante o como reafirmación en los comentarios anteriores, indicaba que en dicha anticipación “tuvo más parte el ardor e impaciencia de victoria en las tropas y la ansia de gloria de los generales, que no la prudencia y circunspección que debieron guardarse”.

En cuanto al balance de la batalla, estimaba el general en jefe que “nuestra pérdida, aunque puede ser superior a las de ellos en cuanto al número de prisioneros, pero no en el de muertos y heridos, que ha sido sin comparación mayor la del enemigo”.

En cuanto a los planes para el futuro, parecía no modificar el objetivo inicial de recuperar a Sevilla, pues como también indicaba en el informe “estoy reparando el efecto de esta dispersión, y preparándome para seguir la campaña de la cual me prometo alguna ventaja, sobre todo desde que S. E. Lord Wellington a tenido a bien poner a mi disposición una brigada de caballería portuguesa a las órdenes del general Madden”.

Respecto a la dispersión de la que habla, en efecto, en días sucesivos dio órdenes a los generales bajo su mando para concentrar nuevamente las fuerzas en el cuartel general de Salvatierra. Los otros propósitos tardaron algo en cumplirse, especialmente porque Lord Wellington tuvo que centrase en la defensa de Portugal. Además, poco después, a finales de Septiembre las tropas del marqués de la Romana sufrieron un duro revés en Fuentes de Cantos, a pocas leguas de Cantalgallo.

Esta era la opinión del marqués y general en jefe del ejército español de la izquierda. Sin embargo, los generales Ballesteros y Martín de la Carrera tenían otra muy distinta, según sendos informes dirigidos al marqués. En ningún caso admitían la derrota, consignando además que actuaron para defenderse ante la poción tan ventajosa del enemigo, que le atacaba por su flanco derecho, echando en falta la tardía aparición de la retaguardia dirigida por el marqués. Asimismo, destacaban el valor de sus oficiales, muchos de ellos muertos y heridos, describiendo con detalles algunas acciones heroicas. Igualmente, hacían hincapié en el ímpetu guerrero de la tropa.

            Desconocemos las bajas del enemigo. Respecto a las propias, nos remitimos  a la que los propios generales hicieron, recogidos en diversos partes, en los cuales aparecían las bajas de los oficiales españoles, con nombre y apellidos, y , en cifras, las de la tropa y caballos. En el cuadro que sigue se muestra abreviadamente las bajas de la tropa:

 

 
Muertos
Heridos
Contusos
Prisioneros
Extraviados
Infantería
78
193
22
199
773
Caballería
28
54
4
7
48
Total
106
247
26
206
821

 

Respecto a las bajas de los oficiales:

 

 
Muertos
Heridos
Contusos
Prisioneros
Extraviados
Infantería
6
21
7
4
0
Caballería
3
7
4
0
0
Total
9
28
11
4
0

Los batallones de infantería que intervinieron en Cantalgallo respondían a los nombres de Princesa, 1º de Cataluña, 2º de Cataluña, Gerona, Victoria, 1º de Lanceros, Monforte, Serena, Navarra, Pravía, Lena, Mérida, Castropol, Cangas de Tineo e Infiesto. Entre los batallones de caballería estaban, además del de la Granada de Llerena –que no tuvo bajas, sólo las heridas que sufrió su capitán, don Gabriel Marchial- la brigada de carabineros, Reyna, Infante, perseguidores de Andalucía y Cazadores de montaña de Córdoba.
 

 

Fuente: AHN, D-C, 88, N.16

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